Mira la cremallera de tu chaqueta. Es muy posible que lleve tres letras: YKK. Mira la de tus pantalones. Y la de la mochila. No es casualidad: detrás de un detalle tan pequeño en un objeto tan aparentemente insignificante está uno de los gigantes industriales más curiosos del mundo. Según The Wall Street Journal, la marca japonesa vendió más de 10.000 millones de cremalleras en un solo año (son los últimos datos publicados, correspondientes a 2024). Son tantas que, colocadas en fila, superarían los tres millones de kilómetros: unas 80 vueltas a la Tierra. Y lo más llamativo es que no se trata de un récord aislado: YKK ya había superado los 10.000 millones en 2018 y 2021. Ante el otoño en el que los jerséishalf-zip (con cremallera hasta el pecho) serán la tendencia de moda incontestable, ponemos el foco en esta empresa que lleva casi un siglo perfeccionando el mismo objeto.
En realidad la historia moderna de la cremallera empezó a finales del siglo XIX y tomó su forma definitiva en manos de Gideon Sundbäck, un ingeniero sueco-estadounidense que patentó en 1917 el cierre más parecido al actual. Hasta entonces, los primeros sistemas habían resultado aparatosos, poco fiables y propensos a atascarse o abrirse accidentalmente. La cremallera tardaría todavía décadas en convertirse en un elemento habitual de la ropa. Antes de la Segunda Guerra Mundial era una tecnología relativamente sofisticada y cara, utilizada sobre todo en botas, bolsas, equipamiento y algunas prendas. Su popularización llegó poco a poco, mientras los fabricantes aprendían a producirla a mayor escala y la moda empezaba a descubrir también sus posibilidades estéticas. En los años treinta, diseñadoras como Elsa Schiaparelli ya utilizaban cremalleras visibles como parte del diseño, en lugar de esconderlas.
En ese mundo todavía incipiente nació YKK. En 1934, en Tokio, Tadao Yoshida abrió una pequeña empresa dedicada a los cierres. Las primeras cremalleras todavía se fabricaban de manera artesanal: Yoshida trabajaba con componentes semiacabados, corregía defectos, seleccionaba las piezas que podían aprovecharse y comprobaba los cierres antes de venderlos. Muy pronto descubrió el problema que marcaría toda su carrera: si dependía de otros fabricantes para obtener los componentes no podía controlar completamente la calidad. Y Yoshida tenía una obsesión bastante sencilla de explicar: quería fabricar una cremallera mejor. Después de la guerra tuvo además la oportunidad de comparar la producción japonesa con la estadounidense y comprobó que las cremalleras fabricadas en Estados Unidos podían producirse con mucha más velocidad y regularidad. La reacción de Yoshida fue decisiva: en lugar de limitarse a comprar mejores máquinas, decidió que algún día YKK tendría que fabricarlas por sí misma.
En 1950, YKK importó cuatro máquinas estadounidenses para producir cadenas de cremalleras. Tres años después llegó su primera patente relacionada con una máquina de producción. Y en 1964 apareció la CM6, desarrollada por la propia compañía y considerada entonces una máquina de referencia mundial para la producción masiva. Aquí es donde la historia deja de ser la de un fabricante de cremalleras y se convierte en la de una empresa de ingeniería. YKK empezó a desarrollar no solo el producto, sino también las herramientas necesarias para fabricarlo. La lógica era casi obsesiva: si quieres controlar la calidad de una cremallera, controla también la máquina que fabrica sus dientes; si quieres que la máquina funcione siempre igual, controla los materiales; si quieres que esos materiales respondan siempre igual, controla también cómo se fabrican. Con el tiempo, YKK fue integrando dentro de la compañía materiales, maquinaria y procesos que otros fabricantes compraban fuera.
El resultado es un sistema industrial extraordinariamente vertical. YKK desarrolla materiales metálicos, fibras y resinas, fabrica maquinaria especializada y utiliza sus propios equipos en sus fábricas de todo el mundo para mantener unos estándares de producción homogéneos. Y no hablamos de unas pocas variaciones de una misma cremallera: solo en Japón tiene registradas más de 100.000 variedades de productos. Las hay metálicas, de espiral y de resina moldeada; diminutas para bolsillos, resistentes para equipamiento técnico, impermeables, elásticas o diseñadas para prendas deportivas. La Minifa, por ejemplo, tiene apenas un milímetro de grosor y está pensada para espacios en los que una cremallera convencional resultaría demasiado voluminosa. La Soflex, por su parte, puede estirarse verticalmente y está diseñada para acompañar prendas y tejidos que necesitan moverse con el cuerpo. Es decir, YKK no fabrica una cremallera a escala gigantesca: ha convertido una pequeña pieza mecánica en todo un catálogo de soluciones de ingeniería.
El resultado también se nota en el extremo más sofisticado del producto. En lo más alto de su catálogo, incluso, existe una gama de cremalleras de lujo: Excella es reconocible por el acabado especialmente cuidado de sus elementos metálicos, los dientes se someten a procesos de pulido que eliminan irregularidades y consiguen una superficie extremadamente suave y uniforme, además de un brillo característico que hace que la cremallera parezca casi una pieza de joyería industrial. Es una diferencia que se nota tanto con los ojos como con los dedos: el cursor se desplaza de una forma especialmente suave y el metal adquiere un acabado mucho más refinado que el de una cremallera convencional. Y esto resulta fundamental para una chaqueta de lujo, por ejemplo, en la que la cremallera deja de ser simplemente el mecanismo que mantiene cerrada la prenda y se convierte en parte de su construcción y de su estética. No es casualidad que las cremalleras de YKK aparezcan en prendas de marcas como Prada, Arc’teryx, Patagonia o The North Face.
La reputación de YKK se ha construido precisamente sobre esa idea de fiabilidad. Una cremallera puede parecer una pieza insignificante, pero en determinados productos no lo es en absoluto: puede estar sometida a tensión, agua, frío, movimiento constante o condiciones en las que un fallo resulta mucho más serio que una chaqueta que deja de cerrar. YKK fabrica cremalleras para ropa, equipamiento deportivo, bolsos, mobiliario y aplicaciones técnicas, y su negocio hace tiempo que dejó de limitarse a los cierres. Hoy el grupo opera en alrededor de 70 países y regiones, cuenta con decenas de miles de empleados y tiene también una enorme división de productos arquitectónicos. En España, la historia comenzó en 1970, con una oficina comercial en Barcelona, y continuó en 1976 con la apertura de una fábrica en las afueras de Tortosa. La planta fue ampliándose durante décadas hasta alcanzar casi 65.000 metros cuadrados.
Y ahora, casi un siglo después de que Yoshida empezara a obsesionarse con cómo fabricar una mejor cremallera, YKK todavía quiere cambiarla. Lo último es un sistema que elimina la tradicional cinta textil que acompaña a los dientes y permite conseguir una cremallera más ligera, flexible y diferente visualmente. La han llamado AiryString. Para hacerla posible, YKK ha tenido que rediseñar los elementos, modificar el proceso de fabricación y desarrollar nueva maquinaria. The North Face ya la ha incorporado a equipamiento de montaña. Es una buena síntesis de toda la historia de la compañía: en 1934 Yoshida descubrió que para fabricar una cremallera mejor tenía que controlar cómo se fabricaba; casi un siglo después, YKK sigue aplicando exactamente la misma filosofía. El secreto del gigante japonés nunca estuvo solo en vender cremalleras, sino en controlar todo lo necesario para fabricar una buena cremallera. Y así, diente a diente, una pequeña pieza de metal acabó construyendo un emporio.