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El Bronce Del Relevo De Mujeres De 4×400 Cierra Un Domingo Mágico En El Mundial De Torun

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El conjunto del relevo español, ya solo femenino en la última jornada, volvió a ser las golden bubbles, las radiantes mujeres que tanto son capaces de generar dinámica de éxito como de incrementarla llegado el momento, y seguir las enseñanzas de Mariano García al que, encandiladas, aplauden cuando el murciano hace sonar el himno de España en el podio. No son cuatro, es un grupo de seis, un sexteto de viento y cuerda que actúa siempre en salas sinfónicas y que, magníficas amigas, se reparten la faena el domingo.

Por la mañana Daniela Fra, vallista de Arroyomolinos, Rocío Arroyo, que después de correr dos 800m aún tiene chispa en las piernas para, reflejos de su formación, manejarse con el cilindro en la mano, la cordobesa Carmen Avilés, y la debutante Ana Prieto, 20 años aún, gaditana de Los Barrios de acento cerrado y hermoso, de brisa atlántica en la bahía de Algeciras, ojos asombrados y paso sólido, clasifican al equipo para la final del domingo ya noche.

Allí ya regresan las titulares todos los días, estajanovistas del sprint. Paula Sevilla abre el baile cogiendo sitio, tan diminuta parece al lado de las gigantes centroeuropeas la manchega de La Solana, y más brava, detrás de holandesas, estadounidenses y polacas, y lo cierra Blanca Hervás, que aún mantiene el aire, y el pelo bien fijado —no se mueve ni un cabello de su cabeza, bien pegado por la hábil compañera Avilés, y hasta es tan elegante como la maravillosa Sydney McLauglin, la diva y su diosa, y su moñito recogiendo la melena— después de haber corrido cinco 400m —la distancia que deja mareadas, medio muertas, agonizantes de lactato en las orejas, a las que lo corren— en poco más de 48 horas, para cerrarlo con su broche especial, el acelerón que en el último aliento, los últimos metros, derrota a la polaca y alcanza el bronce. Su segunda medalla en tres días. Entre medias, Arroyo, de Alcalá de Henares, y Prieto, mantienen la posición, siempre su aliento en la nuca de la polaca de turno, que se deshace entre su presión y la algarabía de su público, qué presión.

¡BRONCE PARA EL RELEVO FEMENINO 4X400!

🥉Tenian que ser ellas, tenian que ser las ‘Golden Bubbles’ las que redondearan esta maravillosa tarde para el atletismo español #WorldIndoorChamps

🔝Paula Sevilla, Ana Prieto, Rocio Arroyo y Blanca Hervás, bronce mundial en relevos 4×400 pic.twitter.com/D21RbBA6lF

— Teledeporte (@teledeporte) March 22, 2026

Primera termina el Estados Unidos (3m 25,81s) de Shamier Little. Segunda, la Holanda de Lieke Klaver (3m 26s). Tercera, la España de las seis burbujas doradas que, horas después, se derraman en sus copas flauta celebratorias (3m 26,4s).

“¿Un milagro? No, esto no es ni milagro ni magia”, dice Toni Puig, gran humanidad física y espiritual, gran chamán del relevo y de las vallas de Quique Llopis, que aplaude y se abraza desde la grada junto a Fra y Avilés, el equipo, y necesita todos los dedos de la mano para contar las medallas del equipo español en su mejor Mundial, un oro, dos platas, dos bronces. “Esto no es magia, es trabajo y pasión”.

Pero las mujeres, las protagonistas que dibujan la maravilla sobre el tartán, no están de acuerdo. “¡Esto es magia!”, proclama Hervás, portavoz por aclamación de sus compañeras, de las seis que suben al último podio de los campeonatos. “Es magia lo que tenemos este equipo, la unión que tenemos, la fuerza que nos transmitimos mutuamente”, dice la madrileña de Majadahonda que se ha convertido ya en la mejor cuatrocentista española. “Corríamos cuatro la final, pero éramos seis en la pista. Y estamos orgullosas, unidas, contentas, felices”.

Las cinco medallas colocan a España sexta en el medallero, y segunda por número total empatada con Italia (tres oros y dos platas) tras las 18 del imperio de Estados Unidos. Y tan especial es el momento, tan espectacular un equipo que supera las expectativas más optimistas, que Raúl Chapado, el presidente de la federación, no duda en calificar Torun como el Mundial “en el que se rozó la perfección competitiva”. “Y lo digo sabiendo que somos muy exigentes”, dice Chapado, que alaba la apuesta federativa por los relevos en un país no especialmente dotado para la velocidad, el trabajo de los técnicos y la fibra de los atletas, de los que ganan después de haber caído, como Llopis y Mariano García, de los que llegan, de los que, como Eusebio Cáceres (8,04m), aún compiten a los 35 años y son finalistas. El alicantino fue octavo en la final de longitud ganada por el magnífico Gerson Baldé (8,46m), una muestra más de la fabulosa escuela de salto que implantó en la península ibérica el sentimental soviético Roberto Zotko, como lo es la campeona entre las mujeres, Agate de Sousa (6,92m), lisboeta de Santo Tomé. “Y me acuerdo, y me emociono, de María Vicente, que hace dos años justos se rompió el tendón de Aquiles cuando lideraba el pentatlón, y habría estado aquí triunfando”.

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Jordan Anthony, Joven Rey Del ‘sprint’

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Calor agobiante en un recinto de una ciudad de Pomerania en la que la gente va en manga corta con lluvia y cinco grados en la calle. Acaba de terminar una mañana intensa en el gigantesco pabellón de Torun, en el que en un momento se cruzan dos campeonas olímpicas, una, Keely Hodgkinson, dando cuatro vueltas a la pista, sola, delante de todas, tan elegante, primera etapa de su ruta hacia el oro mundial en los 800m; otra, la ucrania Yaroslava Mahuchikh, midiendo los apoyos acelerada hacia un listón a 2,01 metros para ganar su segundo Mundial bajo techo.

Detrás de ella, en una muestra de igualdad única, tres empatan a 1,99m sin nulos y comparten medalla de plata: no hay desempate, sino fotos con pareos como banderas y echarpes de Ucrania (Mahuchikh y Levchenko), Australia (Nicola Oyslagers, y siempre su Moleskine de tapas lila en la mano, un bolígrafo, unas notas, y la charla sonriente de misionera comprensiva) y Serbia (Angelina Topic, angelical hada, y su padre, el gran Dragutin, saltador de 2,38m, esperando en la calle, en mangas de camisa, pitillo entre los labios siempre).

Ni sonrisas ni cariños los tíos duros de los 60m, tatuajes de estibadores portuarios y miradas cargadas de mensajes. Lucha de estilos de países de generaciones. Por Estados Unidos, el viejo Trayvon Bromell, en una final de nuevo 10 años después de ganar los 60m en el Mundial de Portland a los 20, más joven que nadie nunca (y la mejor marca de su vida en semis, 6,42s), y el joven, el alucinante Jordan Anthony, de 21 años, finito de cuerpo y grandes tiritas en el brazo (secuelas de un control de sangre practicado por un controlador que no le encontraba la vena), que se entrena en Florida con Noah Lyles, al que machaca llamando viejo con la lógica del vestuario de fútbol americano que también practicaba en Arkansas con los Razorbacks. Contra ellos, Jamaica, donde no existe la pista cubierta, con el armario poderoso Kishane Thompson, el derrotado por Lyles en la final olímpica de los 100m en París. Ganó el joven y fluido Anthony (6,41s); tercero, el viejo Bromell (6,45s). Entre medias, por milésimas, la isla, el Caribe del brusco Thompson (6,45s).

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