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Carlos de Inglaterra

El Mensaje De Los Británicos Más Jóvenes A Carlos III: “Tiene Que Haber Un Cambio”

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Mientras Carlos III se daba un baño de masas al llegar al Palacio de Buckingham y la multitud gritaba “Dios salve al Rey”, a unos cinco kilómetros de allí, en las calles del mercado de Portobello, turistas y jóvenes británicos paseaban, empujaban carritos de niños a la salida de la escuela y tomaban café con los amigos. Nada permitía a primera vista adivinar que al otro lado de Hyde Park se encontraba el epicentro del seísmo que ha hecho temblar los cimientos del Reino Unido. La de las inmediaciones de palacio y la de quienes no se acercan a dejar flores son dos de las realidades que conviven en un país que adoraba a su reina, pero que tras su muerte ve cómo las grietas en torno a la sucesión comienzan a asomar, sobre todo entre la población más joven.

Es previsible que la proclamación de Carlos III, que ya ha sucedido a Isabel II, despierte una ola de simpatía por parte de una población dispuesta a darle un voto de confianza. Pero los testimonios de algunos de los jóvenes que pasean por Portobello dan a la vez una idea de la magnitud del reto al que se enfrenta el nuevo rey. Carlos III, a sus 73 años, no goza ni mucho menos de la popularidad de su madre. Obtiene un 42% de apoyo frente al 75% de la reina o el 66% de su hijo Guillermo, según YouGov. Pero cuando se pregunta solo a los de la generación milenial, Carlos III goza de apenas un 34% de popularidad, según la misma fuente. Muchos jóvenes, y no tan jóvenes, piensan que el rey Carlos III tendrá que cambiar si quiere ganarse a la población. Creen que el mundo ha cambiado muy rápido y que seguir como hasta ahora no es una opción. El temor a que el nuevo rey no sea capaz de unificar al país como lo hizo Isabel II alimenta la tristeza que se palpa en la calle y que a la vez tiene que ver con ese sentimiento de orfandad que albergan no pocos británicos.

Durante el fin de semana, Portobello se llena de turistas, pero entre semana está algo más tranquilo y la vida del barrio convive con los que vienen de fuera. En el mercadillo venden patatas en espiral y vestidos de la India. Hay también verduras orgánicas y todo tipo de recuerdos con la Union Jack, la bandera del Reino Unido. Allí, algunos jóvenes hablan de dejar atrás de una vez por todas el pasado colonial en el que vivió Isabel II. Otros, de que Black Lives Matters, el movimiento que exige justicia e igualdad para la población negra, no prendió en el Reino Unido en vano. Los hay que directamente cuestionan el papel de la corona en la sociedad. Es como si tras la muerte de Isabel II se hubiera abierto la caja de pandora. Carlos III resulta para muchos una figura del pasado. Además, su relación con Camila, la reina consorte, y la muerte de Ladi Di en circunstancias trágicas siguen aún pesando para muchos británicos, también para los más jóvenes.

Varias personas pasan delante de una marquesina con el retrato de Isabel II en el metro de Londres.
Varias personas pasan delante de una marquesina con el retrato de Isabel II en el metro de Londres. Felipe Dana (AP)

“Si todavía quieren tener un lugar en la sociedad tienen que implicarse más con la gente, no pueden seguir siendo tan pasivos. Esto es el siglo XXI y la gente solo va a aceptar que sigan costando tanto dinero si participan más”, piensa Cassie O’Reilly. La reina nunca daba su opinión. Era una monarca discreta, que en realidad muy pocos conocían. Puede que el mundo cambiara a su alrededor, pero ella permanecía inmutable. Esa admirada cautela resulta insuficiente para quienes piden una presencia distinta. O’Reilly acaba de salir de cuentas y tiene una barriga enorme. Habla del futuro que quiere para su hijo y esta profesora de instituto treintañera sostiene que “tiene que haber un cambio”. Su compañero, un chef que trabaja en una mansión de lujo en Chelsea como cocinero privado, tiene claro que su opción favorita habría sido el príncipe Guillermo. “Es nuestra única esperanza de tener una monarquía progresista. Además, es hijo de su madre. Estamos obsesionados con Diana”, reconoce.

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Viejos valores e ‘influencers’

En la calle suena también mucho el nombre de Enrique de Inglaterra, el hijo díscolo que dejó de ser miembro activo de la realeza británica el año pasado tras trasladarse a Estados Unidos con su mujer, Meghan Markle. “Carlos representa los viejos valores, no tiene nada que ver con lo que los jóvenes pensamos. Si los jóvenes pudieran elegir, te digo que Enrique sería sin dudas el rey. Para mí, es importante que esté casado con una mujer medio negra”, asegura Joseph Kelly, un carnicero de 20 años que siente que la monarquía actual no le representa. “No representan ni a los negros, ni a los jóvenes, ni a la clase trabajadora. Tienen que adaptarse. No pueden pretender ser una referencia cuando esconden a un miembro de la familia real acusado de pedofilia [en alusión al príncipe Andrés, acusado de abuso sexual] o cuando el rey tuvo un affaire con otra”, dice refiriéndose a Camila, la reina consorte. A su lado, su amiga Kelly Said verbaliza la distancia sideral que la separa de muchos monárquicos. Para ella y para muchos de sus amigos, los influencers de Youtube son una referencia mucho mayor que cualquier miembro de la familia real británica. “Están pasados de moda”, cree.

Ciudadanos agolpados a las puertas del palacio de Buckingham para homenajear a la reina Isabel II.
Ciudadanos agolpados a las puertas del palacio de Buckingham para homenajear a la reina Isabel II. HENRY NICHOLLS (REUTERS)

Lousie, Sophie y Elisha son amigas y estudiantes de 19 años en la universidad en Londres y comparten opinión: “Nadie que yo conozca se alegra de que Carlos vaya a ser el rey. Nos gustaría que fuera otro, que no fuera él. La gente piensa que no es buena persona por lo que pasó con Diana”, piensa una. Otra relativiza el impacto de la sucesión. “En una semana, cuando empecemos a ver su rostro en los billetes, nos acostumbraremos”.

De vuelta en Buckingham, siguen llegando ríos de gente y los ramos de flores. Entre la multitud hay también muchos jóvenes que han venido a despedirse de Isabel II. Los hay que también preferirían a Guillermo o incluso a Enrique, porque creen que al rey le va a resultar fácil conectar con los más jóvenes. Pero también hay muchos que creen que Carlos III lleva décadas preparándose para este momento y que eso le permitirá llevar a cabo un buen reinado. “Hace 10 años, el rechazo a Carlos III era mucho mayor, pero poco a poco se ha ido ganando el respeto de la gente que le ha acabado aceptando a él y a Camila”, piensa Stephanie Smith, una sanitaria de 28 años que ha venido a dejar un ramo de rosas amarillas al palacio. Hay otros, como un grupo de jóvenes financieros que trabajan en la City, que destacan la preocupación de Carlos III por el medio ambiente como síntoma de su capacidad de conectar con las nuevas generaciones. Las opiniones y sus matices tienden al infinito, pero lo que parece evidente es que la población estaba entregada a su reina y que su sucesor tendrá que ganarse a partir de ahora el favor de los británicos.

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Arquitectura

Carlos III, El Esteta Deslenguado: Todas Las Veces Que Rey De Inglaterra Ha Opinado (Demasiado) Sobre Arquitectura

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“¿Le desagrada al Príncipe toda la arquitectura moderna?” es la segunda de las jugosas preguntas frecuentes incluidas en la web oficial del príncipe de Gales, pendiente de actualización tras el luto nacional por la muerte de Isabel II y todavía dedicada, a la hora de escribir estas líneas, a la persona del ya proclamado rey Carlos III. La respuesta, tajante –”No”–, se desarrolla con una brevedad impropia de quien, a lo largo de su larga existencia como heredero del trono británico, ha hecho de la defensa de una arquitectura tradicional en fondo y forma una de sus causas favoritas: Carlos “cree que los edificios deben diseñarse a una escala humana, ser sostenibles, respetar las características del entorno y ser capaces de adaptarse a usos diversos a lo largo de su vida útil”.

Un sucinto programa que suscribirían unos cuantos premios Pritzker recientes, si no fuera porque en su caso esconde una trayectoria militante y polémica contra el movimiento moderno, sus epígonos y ramificaciones. Varios controvertidos discursos, un libro programático, tres encontronazos con una vaca sagrada del oficio como Richard Rogers y una utópica ciudad neotradicionalista construida en el sur de Inglaterra articulan la idea de la arquitectura, “entre Christopher Wren y Ralph Lauren”, en palabras del crítico norteamericano Paul Goldberger, del nuevo jefe de la Commonwealth.

En 2014 Carlos fue interpelado por la revista Architectural Review para que expusiera su visión de la arquitectura y el urbanismo. El entonces heredero defendía la recuperación de técnicas y tipologías “que solo durante el siglo XX fueron consideradas anticuadas” y el uso de materiales ecológicos y de proximidad para crear ciudades “resilientes y sostenibles”, hechas a la medida de las personas y no del automóvil. “Me han acusado de querer volver a una presunta y pretérita edad de oro, pero nada más lejos de mi voluntad. Mi preocupación es el futuro”, aseguraba.

El entonces príncipe de Gales con los arquitectos Leon Krier y Andrew Hamilton, responsables de la obra de Poundbury, ciudad de nueva planta basada en esquemas tradicionales.
El entonces príncipe de Gales con los arquitectos Leon Krier y Andrew Hamilton, responsables de la obra de Poundbury, ciudad de nueva planta basada en esquemas tradicionales.Tim Graham (Tim Graham Photo Library via Get)

No desaprovechó entonces la oportunidad de acercar a su sardina el ascua de la preocupación general por el clima y la sostenibilidad. Con el paso del tiempo, Carlos III ha conseguido construirse un elegante y estudiado perfil de agrimensor ilustrado combinando sus intereses por el campo, la producción ecológica, la jardinería, el medioambiente o los oficios artesanales. Pero sus inquietudes arquitectónicas siempre han estado ligadas a una idea estética muy específica, que se reconoce en el segundo de los diez mandamientos o “principios geométricos” que esbozó sin complejos en su artículo de Architectural Review: “la arquitectura es un lenguaje” y, por tanto, “tiene una gramática” que, cuando no se respeta, deviene en “discordancia y confusión”.

La referencia fundamental de este principio carolino es la naturaleza: no se discute la belleza de la rosa, defiende el príncipe arquitecto, como no cuestionamos la belleza del rosetón de una catedral gótica, inspirado en la flor y ejecutado por los maestros medievales según los principios matemáticos y universales de la geometría. La suya viene a ser una adaptación a la estética del derecho natural. Lo señalaba el citado Paul Goldberger en un largo y documentado artículo publicado en 1998 en la revista The New Yorker: para el crítico moralista que es Carlos, las normas no solo son lo más importante, sino que son moralmente superiores a cualquier otra consideración. Un dogmatismo digno de un futuro jefe de la Iglesia anglicana.

En aquel texto, Goldberger citaba las declaraciones de un anónimo y malicioso amigo del entonces príncipe, que aseguraba que la formación arquitectónica de Carlos se había limitado a “mirar por la ventanilla del Rolls-Royce mientras escuchaba a su madre y a su abuela diciendo ‘qué feo es eso, ¿no?”. Bromas aparte, la influencia de su alteza como autoinvestido (y autodidacta) arquitecto mayor del reino llegó a ser enorme, y alcanzó su apogeo durante la segunda mitad de los ochenta, en pleno thatcherismo, cuando una palabra suya fue suficiente para modificar o cancelar más de un proyecto de envergadura.

El ala Sainsbury de la National Gallery de Londres fue inaugurada el 9 de julio de 1991: una réplica posmoderna firmada por Venturi Scott Brown de la arquitectura neoclásica del edificio original.
El ala Sainsbury de la National Gallery de Londres fue inaugurada el 9 de julio de 1991: una réplica posmoderna firmada por Venturi Scott Brown de la arquitectura neoclásica del edificio original.

En 1989 publicó un libro, A Vision of Britain, con el que, entre otras cosas, pretendía “desafiar las teorías a la moda de un establishment profesional que hace sentir al profano que sus opiniones no son legítimas”. Pero a finales de los noventa aquel ascendiente había decaído considerablemente. Su cruzada a favor de los tópicos arquitectónicos británicos –de la monumentalidad barroca londinense al arquetipo residencial georgiano de inspiración neoclásica– claudicó ante la impronta pujante de los talentos de la modernidad high-tech abanderada por Richard Rogers, Norman Foster o Nicholas Grimshaw. Con la Casa de Windsor con la reputación por los suelos tras la trágica muerte de Diana de Gales, el príncipe adoptó un perfil más amable y menos militante.

El relativo silencio de Carlos, parte de una operación de control de daños de la monarquía, puso en pausa su arrogante e insólito intervencionismo en la materia: ningún miembro de su familia se ha expresado con tanta libertad y contundencia sobre asunto alguno. El primer hito de esta discutida trayectoria tuvo lugar el 30 de mayo de 1984, durante la gala del 150 aniversario del Real Instituto de Arquitectos Británicos, RIBA por sus siglas en inglés. En su discurso, el príncipe de Gales proclamó que los buenos arquitectos debían, ante todo, preocuparse por las personas. Pero este plausible (y elemental) enfoque humanista acabó barrido por el pasaje más recordado y polémico de aquella alocución. El heredero hizo un panegírico del Londres de antes de la guerra, donde los edificios se compenetraban de tal manera con el entorno que “parecían haber brotado de la tierra”. Una ciudad “sin moles de hormigón ni torres de cristal” que sus habitantes amaban como se puede amar Venecia. Desde entonces, se preguntaba Carlos, “¿qué hemos hecho por nuestra capital? ¿Qué vamos a hacer próximamente en uno de sus enclaves más populares, Trafalgar Square? En lugar de diseñar una prolongación de la elegante fachada de la National Gallery que complemente y continúe su juego de columnas y cúpulas, parece que se nos va a ofrecer una especie de parque de bomberos, con su torre incluida. Entendería mejor este tipo de propuesta high-tech si demolieran todo y comenzaran de nuevo (…), pero lo que se va a hacer es como un monstruoso forúnculo en el rostro de un queridísimo y elegante amigo”.

Carlos se refería a la propuesta ganadora del concurso para la ampliación del museo, firmada por el estudio de Peter Ahrends, Richard Burton y Paul Koralek (ABK). Sus palabras resonaron de tal manera en la opinión pública británica que el proyecto terminó encallando. En 1985, una nueva competición, auspiciada por la acaudalada familia Sainsbury, acabó poniendo el diseño de la nueva ala de la pinacoteca en manos de Robert Venturi. Tenía que ser el gran ideólogo de la arquitectura posmoderna quien, junto a su compañera Denise Scott Brown, concibiera una fachada que juguetea irónicamente con los elementos neoclásicos del edificio histórico, y cuya primera piedra Carlos bendijo con satisfacción en marzo de 1987.

La fachada de la catedral de San Pablo, diseñada por Sir Christopher Wren a finales del siglo XVII; uno de los símbolos de Londres más queridos por Carlos.
La fachada de la catedral de San Pablo, diseñada por Sir Christopher Wren a finales del siglo XVII; uno de los símbolos de Londres más queridos por Carlos.Bettmann (Bettmann Archive)

En diciembre de ese mismo año el príncipe volvió a la carga durante la cena anual del comité de urbanismo del ayuntamiento de Londres. Allí afirmó que los arquitectos y promotores habían hecho a la ciudad más daño que la Lutfwaffe. “Los bombardeos alemanes destruyeron nuestros edificios, pero al menos no los reemplazaron por algo más ofensivo que los escombros, como hemos hecho nosotros”. Carlos denunció la profanación del distinguido perfil de la capital, dominado por la magnífica cúpula de San Pablo –diseñada en el siglo XVII por Christopher Wren y techo de la ciudad hasta 1962–, con un enjambre de anodinos y mediocres edificios de oficinas, y animó a una “reconstrucción” de Londres “sin torres” para el año 2000.

Al señalar la sistemática “violación” de las ciudades británicas, Carlos apelaba al rechazo popular que provocaban moles brutalistas concebidas en los sesenta y setenta como el National Theatre o las torres del complejo Barbican. Pero en 1987 la arquitectura de su país ya iba por otros derroteros. Acababa de inaugurarse la imponente sede de la aseguradora Lloyd’s, el gran hito, tras el Centro Pompidou de París, en la carrera de Richard Rogers. Una máquina fascinante que revolucionó el horizonte de la City y sigue siendo uno de los edificios más notables del skyline londinense. No obstante, el príncipe nunca se mostró sensible ni a este ni a otros logros, presentes y futuros, de la arquitectura contemporánea británica. Ni siquiera a la reconversión del rico y abundante patrimonio industrial y comercial de su querida capital. Stephen Bayley, fundador del Design Museum de Londres, ha contado que cuando le mostró la maqueta de la primera sede del museo, situada en un antiguo almacén de plátanos a orillas del Támesis, lo único que dijo el príncipe fue: “Pero señor Bayley, ¿por qué tiene el techo plano?”.

En la misma época del discurso de la Luftwaffe, Richard Rogers aspiraba a la reordenación de Paternoster Square, situada a espaldas de la catedral de San Pablo. Su propuesta era la favorita. Pero, de nuevo por influencia de Carlos, el promotor la rechazó. Aquello animó a Rogers a cuestionar el poder de veto del heredero. “Si los príncipes quieren discutir quizá deberían dejar de serlo”, sugirió públicamente el arquitecto, que calificó ese intervencionismo de cámara como “perverso y dudoso desde el punto de vista democrático”.

Una de las bestias negras de Carlos III: la sede de la aseguradora Lloyd’s en Londres, icono 'high-tech' diseñado por Richard Rogers.
Una de las bestias negras de Carlos III: la sede de la aseguradora Lloyd’s en Londres, icono ‘high-tech’ diseñado por Richard Rogers.Alamy Stock Photo

A mediados de los noventa, Rogers volvió a chocar con su soberana voluntad: supo por boca de los responsables de la Royal Opera House que Carlos había vetado su propuesta para la reconstrucción del coliseo. Pero fue en 2009 cuando los caminos de ambos se cruzaron de manera explosiva. Lords Rogers, caballero del Imperio británico y flamante premio Pritzker 2007, vio cómo la intervención directa de Carlos abortaba un proyecto de 1.000 millones de libras firmado por su estudio para los terrenos de los antiguos Chelsea Barracks y que las autoridades de Londres estaban a punto de aprobar. El desarrollo, con una altura máxima de nueve plantas, eliminaba el automóvil de la superficie, contaba con un cincuenta por ciento de vivienda asequible y buscaba la integración con el entorno. Pese a ello, en marzo de 2009 el futuro rey rogó por carta al emir de Qatar, propietario del suelo, que reconsiderara el proyecto y valorara una propuesta alternativa, clásica y «atemporal», de uno de sus arquitectos de cámara, Quinlan Terry.

La misiva se filtró a la prensa y provocó una cascada de reacciones. Colegas como Norman Foster, Zaha Hadid, Herzog y De Meuron, Jean Nouvel, Renzo Piano o Frank Gehry remitieron en abril al Sunday Times un texto de apoyo a Rogers, denunciando el uso por parte del príncipe de Gales de su posición privilegiada para “condicionar el curso de un proceso de planificación abierto y democrático”. En junio, los promotores optaron finalmente por renunciar al proyecto después de dos años y medio de trabajo y un prolongado procedimiento de consulta pública. Fue entonces cuando Rogers se revolvió contra lo que consideraba una intervención “inaceptable e inconstitucional”, y aprovechó para lanzar un dardo directo a Carlos: “Creo que se dedica a estas cosas porque necesita un trabajo, y en eso simpatizo con él, pero sabe muy poco de esto. Está convencido de que se trata de una simple lucha de estilos, pero la arquitectura es reflejo de la sociedad, y por eso evoluciona. Si tanto admira a Christopher Wren, debería saber que en su época fue un revolucionario”.

Discurso en el Instituto de Arquitectura Príncipe Carlos, en 1992.
Discurso en el Instituto de Arquitectura Príncipe Carlos, en 1992. Tim Graham (Getty Images)

Hoy, en los terrenos de los Chelsea Barracks se construyen proyectos parciales que sintonizan mejor con el conservador buen gusto de Carlos. Una victoria tardía de este insólito activista coronado que ahora, sentado en el trono, deberá guardarse para sí sus opiniones. Pero que en 2025 tendrá ocasión de celebrar la finalización de Poundbury, un experimento a escala real que materializa sus ideas y filias. Situado a las afueras de Dorchester, en el sur de Inglaterra, comenzó a construirse en 1993 en un lote de 160 hectáreas del ducado de Cornualles y por tanto, hasta la fecha de su coronación, de su propiedad. Fue planificado por ese maestro de disidencias que es Léon Krier según los principios del Nuevo Urbanismo que desde principios de los ochenta combate la ciudad dispersa y la segregación de usos. Poundbury es la sublimación del arquetipo residencial admirado por Carlos: orden y proporción palladianos, mansion blocks, columnas y cornisas de inspiración clásica y ventanas blancas con barrotillo. Sin embargo, no se aviene al estilo vernacular de la zona ni ha sido construida con materiales locales, como propugna el credo carolino. No falta una torre de cuarenta metros, la del lujoso complejo de apartamentos Royal Pavillion. Y en sus calles hay más coches de los que debería porque la gente no se resigna a dejar de usarlos. Al igual que el movimiento moderno que detesta, la arrogancia planificadora del programa tradicionalista de Carlos acaba topando con la realidad y con las decisiones particulares.

Considerado por muchos como un banal parque temático, Poundbury ha tenido cierto éxito. La gente quiere vivir allí y las propiedades tienen una cotización un veinte por ciento superior al resto de la ciudad. “A la mayoría silenciosa le gusta este tipo de edificios”, asegura Quinlan Terry, uno de los arquitectos más implicados en Poundbury. Quién sabe si el relevo en el trono de Inglaterra dispare la demanda por tener un pied-à-terre en la ciudad del rey.

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Carlos de Inglaterra

Los Peligros De La Foto De Familia De La Monarquía Española

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“Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia infeliz lo es a su manera”. La conocida sentencia de Tolstói ilustra bien el trágico sino de las instituciones hereditarias. Continuar los logros de los padres, alejarse de sus vicios, permanecer en las virtudes de un hijo o abjurar de sus traiciones. Todo puede ser objeto de dicha o de desgracia. Más aún si en la asunción o el rechazo de esa herencia se dirime una cuota de poder. Quizás por eso, la frase de Tolstói, aplicable a las familias en general, cobra especial relevancia cuando de las familias reales se trata.

La muerte de Isabel II de Inglaterra, una de las reinas más longevas de la historia, ha vuelto a poner de relieve la importancia que la herencia tiene en una institución no electiva como la monarquía. Los reyes no son investidos como tales por sus méritos o por libre voluntad ciudadana. Lo son simplemente por tener la sangre o por ser hijos de alguien. Esto último otorga a la herencia recibida de sus antecesores un papel central, ya que puede ser la clave para que el nuevo rey —carente de legitimidad de origen— consiga labrarse una nueva legitimidad de ejercicio.

El caso de Carlos III de Inglaterra es paradigmático. Muchos de los problemas que su reinado enfrenta tienen que ver con la falta de legitimidad democrática a la que suele asociarse a la monarquía. Así lo ven las generaciones más jóvenes, cuyo apoyo a la institución no pasa del 30%. Y así lo ve también una creciente mayoría social en Escocia, Australia o Jamaica que, tras siglos bajo la égida de la monarquía, aspira a vivir en repúblicas.

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Frente a esa realidad, Carlos III sabe que una de las pocas bazas con las que cuenta es poder beneficiarse de lo mejor de la herencia materna. Hacerse con el tiempo de su carisma, y conseguir, como ella, transcurrir con un perfil discreto, que disimule las carencias de una institución que en muchos sitios fuera de Inglaterra es sinónimo de colonialismo, de racismo, y de privilegios inaceptables. Es difícil saber si el hombre que es incapaz de apartar un tintero sin la ayuda de un súbdito o que se irrita en público porque un bolígrafo le ha manchado un dedo de tinta podrá conseguirlo. Pero de lo que no hay duda es que de ello depende su supervivencia política.

Si esta reflexión se traslada a nuestro entorno, la situación parece la inversa. Felipe VI lleva tiempo intentando construir una legitimidad de ejercicio que lo aleje, y no que lo acerque, de su padre. La tarea es ardua. De entrada, porque los cuestionamientos de Juan Carlos I y de sus conductas comienzan a ser tan generalizados que es casi imposible hacerlo con discreción.

Durante los fastos por la muerte de Isabel II, fueron muchos los medios británicos que recordaron las acusaciones que pesan sobre Juan Carlos I. Incluida, claro está, la de acosar, difamar y vigilar ilegalmente en la propia Inglaterra a su exsocia Corinna Larsen. Quizás por eso, la foto del rey emérito junto al Rey actual resulta tan inquietante. Porque cuesta creer que, en un momento judicial y socialmente tan delicado para Juan Carlos, la Casa del Rey no haya hecho más por tomar distancias. Un monárquico lúcido tendría razones para estar preocupado. Porque si la impresión que se genera es que el hijo consiente las estrategias del padre para burlar la justicia británica, no hace falta ser un Tolstói republicano para augurar a la familia real un futuro poco prometedor.

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Carlos de Inglaterra

El Mundo Despide La Era De Isabel II En El Mayor Funeral De Estado Del Siglo XXI

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El Reino Unido pondrá punto final este lunes, declarado fiesta nacional, a 11 días de luto que han conmocionado al país. Todos los rituales vividos durante este tiempo, desde el solemne anuncio del fallecimiento de Isabel II, el 8 de septiembre, a la proclamación formal del nuevo rey, Carlos III. Los cientos de miles de ciudadanos que han aguardado durante 10, 12, 14 y hasta 20 horas, para poder desfilar por la capilla ardiente y despedirse de la monarca, han servido para poner punto final, con la pompa y circunstancia que solo el Reino Unido es capaz de desplegar, a la “era isabelina”. Y, de algún modo, a la historia británica del siglo XX. El funeral de Estado que se celebra a partir de las 11.00 (mediodía en horario peninsular español) congregará al mayor número de jefes y ex jefes de Estado, junto a dignatarios internacionales y representantes de multitud de naciones, en lo que va de siglo XXI. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden; el de Francia, Emmanuel Macron; el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau; la de Nueva Zelanda, Jacinta Arden, o los reyes de España, Felipe VI y Letizia, que han coincidido en el evento con los eméritos, Juan Carlos I y Sofía.

El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, durante su visita a a la capilla ardiente de Isabel II en Westminster, este domingo.
El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, durante su visita a a la capilla ardiente de Isabel II en Westminster, este domingo. ANDY BAILEY / UK PARLIAMENT / HA (EFE)

La figura de Isabel II, y el respeto que hacia ella tenían la mayoría de los países, ha obligado a la Policía Metropolitana de Londres a poner en marcha una operación logística sin precedentes. Prácticamente medio millar de líderes y exlíderes mundiales en visita de Estado, junto a más de un millón de ciudadanos que han acudido estos días a la capital británica. 20.000 agentes se han desplegado por toda la ciudad, junto a más de 2.000 soldados. Servicios de atención sanitaria, cuartos de baño móviles, puestos de abastecimiento de comida y bebida y miles de voluntarios se han sumado a un esfuerzo que, por lo general, ha funcionado de un modo impecable.

A las 10.44 de este lunes (11.44 en la España peninsular), el féretro de Isabel II recorrerá el breve espacio que separa el majestuoso vestíbulo donde se ha ubicado estos días la capilla ardiente, Westminster Hall, de la abadía de Westminster, donde se celebrará el funeral de Estado. Cerca de 2.000 invitados de todo el mundo acuden a las exequias de Isabel II. Detrás del ataúd, sobre un armón militar arrastrado por 142 miembros de la Marina Real, caminarán el nuevo monarca, Carlos III, y otros miembros de la familia real británica.

Dos minutos antes de que concluya el funeral, a las 11.58 hora local, se guardará en la abadía, y por todo el Reino Unido, un silencio solemne en honor a la reina fallecida. Habrá un último cortejo fúnebre por las calles de Londres. El féretro desfilará, ante la mirada de decenas de miles de británicos concentrados en la orilla del recorrido, desde Westminster hasta el Arco de Wellington. Seguirán su recorrido, a pie, Carlos III y sus hijos, los príncipes Guillermo y Enrique. Gaiteros y tamborileros de los regimientos irlandeses y escoceses liderarán la procesión. Al llegar al Arco, el féretro será traspasado a un coche fúnebre, que lo llevará hasta el castillo de Windsor, la residencia donde Isabel II pasó, primero con su marido Felipe de Edimburgo, luego en soledad, los largos meses de la pandemia. Y donde también vivió, de pequeña, para huir de los bombardeos que asolaban Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

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Féretro con los restos mortales de Isabel II en el palacio de Westminster, este domingo.
Féretro con los restos mortales de Isabel II en el palacio de Westminster, este domingo. NEIL HALL (EFE)

Habrá un último cortejo fúnebre, de unos cinco kilómetros. La distancia que separa el castillo de la capilla donde será enterrada la reina. El llamado “long walk” (largo paseo). Se permitirá el acceso a los ciudadanos a lo largo de todo el recorrido.

En la Capilla de San Jorge, donde ya reposan los restos del príncipe consorte, se celebrará el servicio religioso definitivo para despedir a Isabel II, antes de que su hijo, Carlos III, participe junto a sus hermanos y a otros miembros de la familia real en un acto privado. Será el nuevo rey quien esparza un puñado de tierra sobre el ataúd de su madre antes de que sea enterrado junto al de su esposo.

Este lunes ha sido declarado día de fiesta nacional en todo el Reino Unido. El nuevo monarca agradeció a los ciudadanos, en un mensaje a última hora del domingo, todas las muestras de cariño ofrecidas durante los 11 días de luto. Londres ha recibido más de un millón de visitantes, y los alrededores del palacio de Buckingham y de Westminster Hall han sido todo un desafío logístico para la policía y los voluntarios de la organización. Pero han sido pocos los incidentes o altercados de unas jornadas en las que los británicos y los turistas han desplegado un enorme ejercicio de respeto hacia la memoria de la monarca.

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