El sol caliente de las cinco y media de la tarde se escondió a la hora del paseíllo y unos nubarrones negros asomaron por el horizonte de Toledo. Pero nadie les hizo caso porque en el ruedo había un torero ilusionante. Es verdad que Diego Urdiales goza de alto predicamento en esta plaza; tanto es así que el público le obligó a saludar desde el tercio cuando se rompió el paseíllo en recuerdo de su Puerta Grande de San Isidro.