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Los Mapas Y Los Tres Momentos Clave De La Operación Para Sacar A Maduro De Venezuela

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha ofrecido los primeros detalles de la Operación Resolución Absoluta, nombre dado al despliegue militar en Venezuela que ha culminado con la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Celia Flores. Aún se desconocen los lugares exactos y el número de soldados implicados, pero las autoridades sí han detallado tres momentos clave de la operación.

22.00 en Nueva York (23.00 en Caracas)

Alrededor de las diez de la noche de Nueva York (las once en Caracas), Trump ordenó empezar la operación. Según ha detallado Dan Caine, el general del Estado Mayor de los Estados Unidos, 150 aeronaves militares salieron de 20 bases bases de todo el mundo. Entre ellos había cazas F22, F35 y F18, además de bombarderos B1 y drones pilotados en remoto. Su objetivo era debilitar la defensa venezolana y dar respaldo y protección a los helicópteros que se acercarían a Caracas. Estos equipos serán los encargados de acercarse al lugar donde se encontraba Maduro.

Los portavoces no han detallado los ataques que realizaron sus fuerzas aéreas. Pero se registraron bombardeos sobre infraestructuras clave en la costa venezolana, concretamente en Puerto de La Guaira y en el aeródromo de Higuerote.

1.01 en Nueva York (2.01 en Caracas)

Poco antes de las dos de la madrugada, hora local, sobre Caracas se escucharon las primeras explosiones y el ruido de aeronaves sobrevolando la capital. A las 2.01, un grupo de helicópteros del ejército de Estados Unidos llegó al edificio en el que se encontraba Maduro, en la ciudad de Caracas. De forma simultánea, fueron atacadas la base aérea militar de La Carlota y la base militar de Fuerte Tiuna para limitar posibles contraataques.

En la operación participaron una docena de helicópteros del 160.º Regimiento de Aviación de Operaciones Especiales, conocido como los Acechadores Nocturnos, y la unidad de élite Delta Force. Algunos de los aparatos intercambiaron fuego con las defensas venezolanas y uno de ellos resultó dañado, aunque pudo regresar a la base sin mayores problemas. Otros helicópteros se concentraron en aproximarse al lugar donde se encontraba Maduro y proceder a su captura, junto a su esposa.

Hace meses, ha explicado el portavoz, que varios servicios de inteligencia de Estados Unidos trabajan para seguir los movimientos de Maduro y preparar el terreno de la operación. La ubicación del líder venezolano fue facilitada por agentes de la CIA infiltrados en el Gobierno venezolano y con la ayuda de drones espía, según fuentes de inteligencia han confirmado a varios medios estadounidenses. En la operación participaron además agencias como la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) o la NGA (la Agencia de inteligencia Geoestratégica).

3.29 en Nueva York (4.29 en Caracas)

Poco antes de las 4.30 de Caracas, los helicópteros estaban ya “sobrevolando el mar, con las personas imputadas a bordo”, ha detallado Don Caine. Maduro y Celia Flores fueron llevado hasta el buque de guerra estadounidense Iwo Jima. A las 11.23 de la mañana (hora local de Nueva York) Trump publicó en su red social Truth una fotografía de Nicolás Maduro, esposado y con los ojos vendados, supuestamente a bordo de este barco.

Ataques previos y despliegue militar contra el narcotráfico

Desde septiembre, la administración de Trump tiene una campaña contra las “narcolanchas” que operan en el Caribe y el Pacífico occidental. Aunque no cuenta con autorización del Congreso de Estados Unidos —requisito necesario en caso de guerra—, los aviones norteamericanos han realizado 18 ataques contra una treintena de embarcaciones de supuestos traficantes. Al menos ocho procedían de Venezuela, según los datos de ACLED, que monitorea conflictos armados en todo el mundo.

Ya a comienzos de este año Trump había desplegado una imponente flota en las aguas centroamericanas: al menos 15.000 soldados, un portaaviones y varios medios aéreos de reconocimiento y bombarderos. En el siguiente gráfico recogemos los principales medios que Estados Unidos tenía en la zona en el mes de noviembre.

La clave del petróleo

Venezuela es el país con mayores reservas de petróleo del mundo, pero obtiene muy poca energía a partir del crudo. En la clasificación de los países que más provecho sacan de este recurso, ocupa el puesto veinte. Estados Unidos, en cambio, es con diferencia el que más energía produce a partir del petróleo.

Trump ha dejado claro el interés norteamericano en las reservas del país latino desde sus primeras declaraciones en Fox News tras el ataque. Estados Unidos tendrá una “fuerte participación” en la industria petrolera del país, ha dicho: “Tenemos las compañías petroleras más grandes del mundo, las más grandes, y vamos a estar muy involucrados en ello”.

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Trump, Sobre Hasta Dónde Está Dispuesto A Llegar Con Groenlandia: “Ya Lo Descubriréis”

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, empezó el martes, día del primer aniversario de su regreso al poder, poniendo patas arriba el orden mundial con una serie de mensajes en Truth, y tenía previsto terminarlo viajando por la noche (hora de Washington) rumbo al Foro Económico de Davos, cumbre de los poderes económico, político y tecnológico mundiales. A mitad de la jornada, Trump aún tenía otra sorpresa preparada en su deriva hacia la desinhibición total de las últimas semanas: una comparecencia en la Casa Blanca, no anunciada, que sustituyó a la de su portavoz, Karoline Leavitt.

Pronto quedó claro que resultaría una intervención larga (acabaron siendo casi dos horas; con un monólogo de más de 80 minutos incluido) e inconexa, en la que el republicano saltó sin aparente método de un tema a otro, de la política nacional a la internacional y de los hechos a las exageraciones y las mentiras. Hacia el final, le preguntaron hasta dónde estaría dispuesto a llegar en su afán imperialista de comprar o hacerse de otro modo con Groenlandia: “Ya lo descubriréis”, dijo.

“Hemos hecho más que ninguna Administración previa a esta”, había proclamado al principio de su comparecencia, que empezó con casi una hora de retraso y en un tono ciertamente extraño. Poco antes de despedirse, y después de asegurar que creía que Dios estaba “orgulloso” de él, insistió: “Heredamos un desastre, un país que estaba roto. Y la imagen ahora es hermosa”.

Trump se dirigió a los reporteros que abarrotaban la sala con aire desdeñoso, como bajo de energía, y sin guion, mientras barajaba unos papeles con fichas policiales de presuntos delincuentes de Minnesota y aprovechaba para atacar a algunos de sus enemigos −a uno de los cuales, Jack Smith, llamó “enfermo hijo de puta”− o para repetir mentiras como la que sostiene, aún más de cinco años después, que los demócratas le “robaron” la elección de 2020.

“Me entretengo con esto, porque me parece que tenemos tiempo de sobra hasta que me vaya a Suiza”, avisó, mientras seguía mostrando con desgana efigies de supuestos criminales y el discurso alcanzaba nuevas cotas de incoherencia. Como cuando se acordó de cuando su madre creía que llegaría a ser un “gran jugador de béisbol” o cuando bromeó con su capacidad para aguantar el dolor

Poco antes de empezar, su servicio de prensa había difundido un documento de 18 páginas para detallar los que consideran que han sido los logros del primer año de Trump 2.0. Se trata de una lista con 365 puntos, tantos como días, que vendrían a probar, según Washington, una “nueva era de éxito y prosperidad” en Estados Unidos. Lo cierto es que su popularidad está en negativo desde hace más de 300 días, y las encuestas indican que los estadounidenses no están contentos con la marcha de la economía −en especial con la crisis por el coste de la vida−, con la excesiva atención del Gobierno a los asuntos internacionales frente a la agenda doméstica, y con la campaña de terror migratorio que está desplegando su Administración por ciudades de todo el país.

Trump enarboló un libro gordo desde el podio de la sala de prensa, en lo que parecía una especie de versión extendida de ese texto, y dijo: “Podría estar durante una semana leyendo estos logros y no terminaría”. Minutos después, lo blandió de nuevo y lo tiró al suelo.

La lista difundida a los medios viene dividida en 10 categorías, con títulos que se refieren, por ejemplo, al “blindaje de las fronteras estadounidenses”, la “reconstrucción de la economía” o los esfuerzos por “hacer que Estados Unidos sea saludable de nuevo”. Como suele ser habitual con Trump, entre esos 365 puntos hay hechos contrastados, exageraciones e interpretaciones reñidas con la realidad. En la lista no hay referencia alguna a la manera en que estos 12 meses Trump ha aprovechado su posición para aumentar su riqueza, que, según publicó este martes The New York Times, ha engordado en algo más de 1.408 millones de dólares.

En su monólogo a la prensa, el presidente de Estados Unidos repitió argumentos conocidos. Se centró en defender que había bajado la inflación, aunque sigue más o menos en el punto en el que la dejó su predecesor, Joe Biden. En que las empresas “están volviendo a Estados Unidos” y en que ha abaratado el precio de los medicamentos. Es solo el principio, advirtió, “de la mayor caída de la historia”. De hasta un “600%”, agregó, aunque eso sea matemáticamente imposible.

También presumió del bajo costo de la gasolina y de haber desplegado la Guardia Nacional en varias ciudades (especialmente orgulloso se mostró del caso de Washington, sobre la que mintió al decir que en ella “virtualmente ha desaparecido la delincuencia”), así como de haber “cerrado la frontera”. “Heredamos la peor [situación en la] frontera de la historia y la convertimos en la mejor”, sentenció.

Insistió asimismo en su defensa de los aranceles, ahora que el Tribunal Supremo está a punto de emitir una sentencia que podría declararlos inconstitucionales. Atacó a los demandantes del caso y presionó una vez más a los jueces que lo están estudiando para que no tumben su política comercial.

Antes de ese repaso, el principio de su intervención se había centrado en Minnesota, el estado demócrata al que el presidente de Estados Unidos ha puesto en las últimas semanas en el punto de mira por un caso de corrupción por el que ha responsabilizado a toda la comunidad somalí, y, en especial, a la congresista de ese origen, Ilhan Omar. Su Administración también ha convertido su ciudad más poblada, Minneapolis, en el escenario de los peores enfrentamientos entre las fuerzas federales enviadas por Washington para organizar redadas de migrantes y los manifestantes.

En esas calles, un agente mató a tiros a una estadounidense, Renée Good. De su muerte, Trump dijo, tras días de ataques a la memoria de la víctima para defender la actuación del tipo que la disparó, Jonathan Ross, que fue una “tragedia”, porque su padre, añadió, “amaba a Trump”. “Espero que siga haciéndolo”.

Comparecencia de Trump en la Casa Blanca, este martes.

El Nobel de Machado

El presidente cumple su primer año de regreso en el Despacho Oval un par de semanas después de haber ordenado una temeraria operación militar para capturar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, lo que parece haberle envalentonado en el tablero internacional, y en mitad de una campaña de presión global para hacerse con Groenlandia a base de amenazar a sus socios de la OTAN y de la Unión Europea con nuevos aranceles.

En el ámbito de la política internacional, se refirió a ambos asuntos pendientes. Presumió de haber logrado que los miembros de la Alianza Atlántica aumenten su gasto en defensa hasta el 5% del Producto Interior Bruto (“he hecho por esa organización más que nadie en la historia, vivo o muerto”), recordó su ataque de junio pasado al programa nuclear iraní y aseguró que Estados Unidos vuelve a “ser un país respetado”. Se detuvo un par de veces en la líder opositora venezolana y premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, a la que se refirió solo por el nombre de pila, y le agradeció que le diera su galardón en el Despacho Oval la semana pasada. “Tal vez podamos involucrarla de alguna manera [en la transición de su país]. Me encantaría poder hacer eso”, afirmó.

También dijo: “Estamos trabajando estupendamente con Venezuela”. Se refería a la colaboración que ha establecido con las autoridades chavistas, y especialmente con Delcy Rodríguez, vicepresidenta con Nicolás Maduro, y ahora presidenta interina. Insistió en ello un par de veces, y dijo que el régimen de Caracas “ha liberado a muchos prisioneros políticos en Venezuela”, pese a que las cifras no sostienen esa aseveración. “El mundo nunca ha visto una operación militar como la que lanzamos”, proclamó, antes de insistir en una de sus exageraciones favoritas: “Hemos acabado con ocho guerras en 10 meses”.

Donald Trump, en Washington, D.C. en Estados Unidos.Foto: EFE | Vídeo: epv

No es habitual que el presidente se deje ver por la sala de prensa de la Casa Blanca. La última vez que lo hizo fue en agosto pasado, para anunciar su orden de desplegar la Guardia Nacional en Washington. Antes, en junio, intervino desde el atril de Leavitt, adornado en estas ocasiones con el sello presidencial, cuando le urgía comentar los éxitos concedidos al término del curso judicial por la mayoría conservadora del Tribunal Supremo (seis jueces contra tres).

La comparecencia de este martes llegó después de una mañana en la que empleó Truth para atacar a la OTAN, para repostear sin parar noticias de la prensa elogiosas con su desempeño en los últimos meses o para presumir del ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, que ha convertido en el ariete con el que trata de cumplir con una de sus promesas de campaña: lanzar “la mayor deportación de la historia” del país. Durante su intervención, el presidente de Estados Unidos se maravilló en varias ocasiones de que la “mayor parte” de esos agentes y de los de la Patrulla Fronteriza sean “hispanos”.

Cuando terminó la conferencia de prensa, quedó más la sensación de desconcierto tras escuchar durante casi dos horas el discurso de un hombre sin filtros que la impresión de haber asistido a la celebración por haber completado el primer año desde su regreso a la Casa Blanca. También, la certeza de que, más que nunca, es imposible aventurar que deparará a Estados Unidos y al mundo el tiempo que queda con Trump a los mandos.

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Bruce Springsteen Speaks Out Against ICE And Dedicates A Song To Renee Good

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Bruce Springsteen once again turned the stage into a platform for political protest. In an unexpected appearance during the Light of Day Winterfest charity festival, held over the weekend in Red Bank, New Jersey, the American musician criticized Donald Trump’s administration and the deployment of Immigration and Customs Enforcement (ICE) agents in various cities across the country. During his performance, he dedicated the song The Promised Land to Renee Good, the 37-year-old American citizen and mother of three who died after being shot by an ICE agent in Minneapolis in early January.

Before performing the song — originally included on his 1978 album Darkness on the Edge of Town — Springsteen explained that the song was written as a tribute to the American dream: to a country that is “beautiful, but flawed,” and to what it could still become. “We are living through incredibly critical times,” he told the audience gathered at the Count Basie Center for the Arts. According to the musician, the values and ideals that have defined the United States for the past 250 years are being tested “as it has never been in modern times.”

Springsteen called for opposition to the use of heavily armed federal forces in American cities. He condemned what he described as “Gestapo tactics” against citizens and denounced the fact that people are being killed for exercising their right to protest. In that context, he quoted Minneapolis Mayor Jacob Frey and sent a direct message: ICE should “get the fuck out” of the city.

Renee Good

The musician then dedicated The Promised Land to “the memory of mother of three and American citizen Renee Good.” His words drew loud applause from the nearly 1,500 people attending the concert, an annual event to raise money for research into Parkinson’s and other neurodegenerative diseases, which has raised more than $7.5 million over three decades.

Good’s death occurred on January 7 in Minneapolis during an ICE operation. According to the Trump administration’s version of events, the woman attempted to ram the agents with her vehicle and the officer acted in self-defense. The agent who fired the shot, Jonathan Ross, was standing in front of the car when he opened fire. However, local authorities have questioned this version of events. Mayor Frey publicly stated that it was a reckless use of federal power that ended with one person dead, and accused the government of trying to manipulate the story.

The case has sparked massive protests in different parts of the country and has become a symbol of growing opposition to ICE. Various polls show widespread rejection of the agency’s operations, especially due to allegations of abuse against peaceful protesters and raids that have even affected U.S. citizens.

White House reaction

White House deputy press secretary Abigail Jackson dismissed the musician’s criticism, saying that no one cares about his “bad political views.” She further argued that those who believe in the rule of law must accept the deportation of undocumented migrants and federal operations, as well as the right of agents to defend themselves.

The musician has been a strong critic of Trump and his policies. In 2024, he publicly endorsed Kamala Harris’ presidential bid and called Trump “the most dangerous candidate for president” of his lifetime. During a tour of the United Kingdom last year, he accused the Trump administration of trampling on civil rights and aligning itself with authoritarian regimes. Trump responded by telling him to “keep his mouth shut” and even called for investigations into him and other celebrities.

In New Jersey, Springsteen was not the only artist to bring politics to the stage. Other musicians participating in the festival — such as Adam Weiner of Low Cut Connie and Johnny Rzneznik of the Goo Goo Dolls — also spoke about the tensions in the country and the fear generated by immigration raids.

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Trump, 2026: ¿quién Puede Plantar Cara Al Presidente De Estados Unidos?

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Hace justo un año, en los días previos a la segunda toma de posesión de Donald Trump, un frente gélido que obligó a celebrar la ceremonia bajo techo sumió a Washington en un ánimo sombrío. Una pregunta corría por una ciudad abrumadoramente demócrata tomada por grupos de simpatizantes MAGA (Make America Great Again, el lema del trumpismo), por los nuevos vecinos llegados con el cambio de Administración y por los milmillonarios ansiosos por hacer negocios con ella. ¿Dónde estaría esta vez la resistencia al presidente de Estados Unidos?

Después de todo, una envalentonada movilización ciudadana había recibido a Trump al principio de su primer mandato (2017-2021). En el amanecer del segundo, y tras 10 años en los que activistas, famosos de Hollywood, políticos demócratas, medios tradicionales y el propio sistema trataron sin éxito de pararle los pies, parecía que esa mitad de Estados Unidos había decidido bajar los brazos en vista de la victoria sin peros que había cosechado en las urnas.

Doce meses después de aquella toma de posesión, la resistencia a Trump está algo más despierta. Y se enfrenta a un año clave, en el que las elecciones legislativas del próximo noviembre partirán su presidencia en dos: perder el Congreso, que ahora domina, complicaría enormemente la segunda parte de su mandato. Entre tanto, jueces federales de todo el país siguen rechazando y en ocasiones frenando su agenda en los tribunales, un puñado de congresistas republicanos le llevan la contraria con efectos más irritantes que determinantes, y los demócratas recobran cierta esperanza con destellos como el del nuevo alcalde de Nueva York, el socialista Zohran Mamdani.

También arrecia la contestación en las calles. Esta semana, las televisiones en Estados Unidos han emitido incansablemente las imágenes de las protestas en Minneapolis por el despliegue de los agentes migratorios del ICE, uno de los cuales mató a tiros a Renée Good, una ciudadana estadounidense. En una secuencia que ha ido in crescendo, las hubo antes en Los Ángeles, Chicago o Portland. Todas ellas son ciudades demócratas a las que el Gobierno ha mandado a la Guardia Nacional, como la ha enviado a la propia Washington, cuyas calles aún patrullan.

Jueces federales de todos esos lugares se han opuesto a las decisiones del Gobierno de desplegar miles de agentes, en otra demostración de que la resistencia a Trump, como se advirtió desde el principio, está esta vez también (o sobre todo) en los tribunales. En estos 12 meses, Trump ha firmado 228 decretos y decisiones ejecutivas sin contar con el Congreso, tres más que en sus cuatro años anteriores, y muchos de ellos han acabado ante la justicia. Esta semana había 253 demandas en activo contra medidas del Gobierno en instancias locales, estatales y federales, según cálculos de la organización independiente Lawfare. Y nada indica que el toma y daca vaya a aflojar.

La barrera judicial a los intentos de Trump de ampliar el poder ejecutivo tiene, con todo, una grieta en su parte más alta. El Tribunal Supremo, formado por una mayoría conservadora de seis magistrados —tres de los cuales nombró el republicano durante su primer mandato—, mostró en el curso judicial pasado una robusta fidelidad al presidente de Estados Unidos. Le dieron la razón en 19 ocasiones, con fallos tramitados de urgencia.

¿Y el poder legislativo? Este primer año de Trump de vuelta en la Casa Blanca fue, sobre todo en su primera mitad, el de la parálisis del Congreso. En su primer mandato, el Partido Republicano sí se revolvió contra algunas de las decisiones. En este segundo, y tras una década de infiltración MAGA en sus filas, la formación se ha plegado una y otra vez a los deseos de la Casa Blanca.

Es cierto que los demócratas, que no controlan ninguna de las cámaras, gozan de escaso poder de maniobra. También que, bajo los efectos de la derrota electoral, desnortados y sin líder, tardaron meses en entrar en acción entre los llamamientos del influyente estratega James Carville a poner en práctica la maniobra política “más audaz en la historia del partido”. Que se resumía en esto: “Dar marcha atrás y hacernos los muertos, permitir que los republicanos caigan por su propio peso”.

En otoño, los demócratas del Senado forzaron el cierre de la Administración (la suspensión de servicios y sueldos públicos por la ausencia de financiación) más largo de la historia, que duró 43 días y retrasó la aprobación de una ley para obligar al Departamento de Justicia a publicar los papeles del millonario pederasta Jeffrey Epstein que obran en su poder.

Cuando finalmente se votó la moción, la decisión fue casi unánime; solo un congresista conservador votó en contra. El asunto de Epstein, que fue amigo de Trump durante años, fue también el motivo para la ruptura del presidente con un grupo de congresistas díscolos, sumados en los últimos meses a la resistencia contra él en asuntos como las operaciones militares extrajudiciales contra supuestas narcolanchas en el Caribe. Trump los insulta reiteradamente en su red social, y llegó a forzar la renuncia de una de ellas, la ya exrepresentante MAGA Marjorie Taylor Greene, convertida en insospechado rostro de la oposición.

Antes de eso, la del cierre del Gobierno fue una maniobra arriesgada para los demócratas; el cerrojazo de la financiación pública afecta a servicios importantes para los ciudadanos, y deja a centenares de miles de funcionarios sin sueldo. Pero dio sus frutos para el partido, que se presentó ante sus simpatizantes, por primera vez desde la hecatombe electoral de Kamala Harris, como una organización dispuesta a dar la batalla. El cierre terminó cuando ocho senadores de la minoría cedieron a las condiciones para reabrir el grifo. No por mucho tiempo: la próxima prueba llega a finales de enero, y no se descarta una nueva falta de acuerdo como medida de presión para salvar ciertos subsidios médicos.

En esos meses de inacción demócrata, sus estrategas rogaban paciencia con la vista puesta en las midterms, las elecciones de medio mandato en las que se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Pues bien, ese momento está ahora más cerca. Se celebran el 3 de noviembre, la fecha más importante del calendario de 2026, junto a la del 4 de julio, 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos.

Se da por descontado que Trump, que dijo esta semana que mejor sería si no se celebraran (aunque luego la Casa Blanca matizó que estaba “bromeando”), hará lo posible por influir en sus resultados a base de redibujar distritos, colocar negacionistas electorales entre los funcionarios encargados del escrutinio y poner en duda la legitimidad del voto por correo. Aun así, muchos analistas ven posible, a 10 meses de la cita con las urnas, que los demócratas recuperen la mayoría en la Cámara de Representantes, donde se ponen en juego 435 escaños pero solo unas 60 pueden considerarse contiendas disputadas.

Cuatro puntos de ventaja

Los índices de popularidad de Trump son malos desde hace más de 300 días. Y según un sondeo de The Wall Street Journal de este sábado, que da cuatro puntos de ventaja en intención de voto a los demócratas, una mayoría de los estadounidenses no está contenta con la marcha de la economía, ve al Gobierno incapaz de moderar el coste de la vida y considera que la Casa Blanca está demasiado distraída con la política internacional.

El análisis lo completa el hecho de que la de las midterms será una cita con un inusual número de congresistas de retirada, más entre las filas republicanas (25) que entre las demócratas (21), lo que añade incertidumbre para la bancada conservadora, que tiene una magra mayoría (218-213).

Las legislativas de medio mandato suelen ser malas noticias para el partido en el poder, aunque, de nuevo según el sondeo del Journal, las perspectivas a estas alturas del año eran mejores en 2018 para los demócratas que las de ahora. Entonces, Trump se enfrentó a su primer test electoral y fracasó con estrépito.

Si la Cámara de Representantes se diera la vuelta, los demócratas tendrían más capacidad para bloquear su agenda, salvo en la parte que saque adelante a golpe de poder ejecutivo. También podrían plantear el simulacro de un impeachment (juicio político) para destituirlo, pero eso puede ser arriesgado. Sería el tercero, y los dos anteriores, lejos de acabar con Trump, solo lo hicieron más fuerte.

Decidir si ir con todo o no es un dilema, pero no es el único dilema de la izquierda estadounidense, que en noviembre pasado recibió una inyección de optimismo, tras una temporada sombría, con las victorias electorales contundentes en Nueva Jersey, Virginia y, sobre todo, en la alcaldía de Nueva York. En esa ciudad ha nacido una estrella: el socialista Zohran Mamdani. Los demócratas estarán muy pendientes de su éxito o fracaso, mientras siguen sin tener un líder claro para 2028, y la emergencia de Mamdani ha puesto en evidencia el enfrentamiento entre dos facciones del partido: moderados y progresistas.

Del alcalde de Nueva York todos parecen al menos haber aprendido algo: parte de su éxito se debió a que se centró en el coste de la vida, esa “asequibilidad” que impuso hasta en el discurso de Trump. Más difícil será tomar nota de su extraordinario talento en el uso de las redes sociales. Para conectar con ese electorado joven, fundamentalmente masculino, que en las últimas elecciones se arrojó en los brazos MAGA, figuras prominentes como el gobernador de California, el demócrata Gavin Newsom, han adoptado la táctica de bajar al barro y responder a Trump en redes sociales con su misma medicina, entre bromas de dudoso gusto, memes y ataques personales. También está por ver si esa estrategia servirá de algo más que para canalizar la frustración de tener enfrente a un presidente que a menudo parece imposible de parar.

Newsom es seguramente el mejor posicionado para ser candidato de los suyos en las próximas presidenciales. Pero su cambio de estilo, o las victorias de otoño pasado, no son suficientes para dar por superada la crisis del partido, según David Plouffe, veterano estratega demócrata que se ha erigido en una de las voces más críticas con el establishment que permitió que Joe Biden volviera a presentarse y fue uno de los líderes de la breve campaña de Harris.

“Es mucho más fácil confiar en que la tormenta ha pasado, que la profunda impopularidad de Trump y del movimiento MAGA, y el caos que están generando, serán suficientes para enderezar el rumbo”, escribe Plouffe en The New York Times. “Ojalá fuera así. Pero para ganar elecciones en un territorio políticamente implacable, incluso hostil, el partido deberá renovar su imagen deteriorada y su programa obsoleto, impulsando nuevas figuras y nuevos líderes que prometan trazar un camino en el que confíen suficientes votantes”.

Esa es la teoría. La práctica será a buen seguro mucho más difícil.

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