Bottega Veneta

Más Moda Y Menos Espectáculo: Milán Pone Al Cliente En El Centro

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Si hay un denominador común en los desfiles de esta semana de la moda de Milán que acaba de terminar es quizás la frontalización de su fin último, vender ropa. Aquellas premisas que a muchos les resultan abstractas en esta época despiadada, como que la moda debe hacer soñar, que sirve de evasión y que es un ejercicio casi artístico, se han dado de bruces con la realidad. El furor de ventas pospandemia, cuando solo salir a la calle era ilusionante, no hablemos ya de vestirse o comprarse un capricho porque la vida es corta, auspició en las marcas de lujo una política de subida de precios: menos unidades, menos clientes, pero más margen. Según el informe The State of Fashion de The Business of Fashion y la consultora McKinsey que analiza las tendencias de mercado, de 2019 a 2025 los precios subieron entre un 50% y un 100%. La idea, perfecta sobre el papel, se encontró con que la situación geopolítica no venía de cara: la guerra de Ucrania, el alza del gas, la consiguiente inflación y la subida de los tipos de interés desmontaron rápido la estrategia. El poder adquisitivo de la clase media se vio seriamente mermado y lo que antes quedaba al alcance de una más amplia clase media alta comenzó a ser inasequible. De hecho, las ventas de moda de lujo cayeron cayó cerca de un 10% en 2024. Se rompió la credibilidad del lujo, porque los precios subían, sí, pero la calidad de los productos seguía siendo la misma.

La industria está reculando, no solo bajando precios, sino presentando colecciones con sus clientes y sus ventas en mente. El más directo fue Demna en Gucci que llamó a su desfile The store collection y lo presentó en un decorado que emulaba lo que serán sus conceptos de tienda de Gucci. Tampoco Miuccia Prada quiso disimular su vertiente comercial con las infinitas derivaciones de la falda, y no le hizo falta disimular a Maria Grazia Chiuri en Fendi, pues si algo sabe la diseñadora italiana es batir récords comerciales.

En la segunda parte de la semana la tónica fue similar. Este sábado los diseñadores de Dolce & Gabbana presentaron una colección llamada Stravaganzza siciliana en la que proponían un armario siciliano real, en el que prendas viejas se mezclan con novedades y en el que las sucesivas generaciones van dejando huella para que las nuevas la reciclen a su particular manera. Los crochets, y bordados y pasamanerías heredados de la abuela convivían con tejanos rotos con pedrería. Los estampados de leopardo, con camisetas y los pantalones cortos e infantiles, con encajes y botas brocadas. No había realmente nada nuevo en la propuesta, en la que todo el archivo de la firma se mezclaba con el orden de una tienda de souvenirs, pero ¿acaso no es así cómo utiliza la moda la generación Z? En un momento en el que el vintage está en auge y los jóvenes no quieren gastar dinero en ropa y tampoco comprar prendas malas y contaminantes y andan revolviendo en mercadillos y regateando en Vinted, el look planteado por Stefano Gabbana y Domenico Dolce era justo eso, el resultado de una mezcla improbable de prendas nuevas y heredadas. Una stravaganzza en el sentido italiano, un gran espectáculo de estampados y pedrerías, de joyas superpuestas, de botas katiuskas con lencería, orientada a un nuevo público que pueda desatascar el problema de deuda al que se enfrenta la compañía.

Louise Trotter había conseguido estabilizar el ritmo de venta de Bottega Veneta tras la etapa de Matthieu Blazy con colecciones que se basaban de forma muy literal en los iconos de la marca, haciendo prendas complejas y pesadas que esta temporada ha aligerado por completo. El intrecciato, la centenaria técnica de trenzado de piel identidad de la firma italiana, se presenta ahora en rafia, algodón o, napa ligera, permitiendo que la estructura fluya con movimiento. En tonos beige, blanco, malva, algo de rojo, negro, Trotter simplificó un legado intrincado con una propuesta pensada para la calle y el armario. No falló en su momento viral, que fue la llegada a Jacob Elordi para enloquecimiento de la audiencia, y el inesperado cierre del desfile: Kendall Jenner con un vestido de piel y zapato plano casi irreconocible.

Convirtió Trotter los flecos de piel en flecos de seda, vació los jacquards heredados de Blazy hasta que casi parecían telas de araña, trabajó la rafia y el algodón como si fueran tejidos nobles y deshilachó la seda. La artesanía, piedra angular de la firma milanesa, era celebrada con coherencia y ubicuidad, pero no encorsetaba la propuesta.

Lo mismo sucedió en Armani, donde Silvana Armani reinterpreta el legado del fundador, Giorgio Armani, apelando a sus colecciones de los ochenta, esa imagen que todos tenemos en la cabeza cuando pensamos en la firma milanesa y que conjuga de forma magistral tonos neutros en distintas gamas: sombras de gris, nácar y blanco, brillos que difuminan los límites entre el día y la noche, zapatos planos, flecos, organzas y hasta una cazadora con el retrato del diseñador, que falleció en 2025 a los 91 años, tratado gráficamente para convertirlo en estampado.

Esta misma semana se presentó también la última colección de Emporio Armani, la línea que fue concebida como una propuesta accesible para jóvenes que no tenían acceso a los precios de la colección principal. Creada por el estudio, en la presentación destacaban la calidad y ligereza de los tejidos. Es la última a la espera de Dario Vitale, que acaba de ser nombrado nuevo director creativo de esta división. El diseñador logró algo complicadísimo en su primera y única colección para Versace en 2025: una viralidad orgánica y positiva, captar la atención por una propuesta audaz, contemporánea y deseable. Y lo hizo precisamente buceando en el archivo de Versus y Versace Jeans, las líneas de difusión de la casa de la medusa, dirigidas al mismo público que Emporio Armani. En un momento en el que se recurre a ideas peregrinas para captar la atención, sea esta buena o mala, la llegada de Vitale es otra constatación de que las marcas buscan reconciliarse con un público extrañado y el camino pasa por atraer a las tiendas a más clientes, más diversos, que vuelvan a creer que la relación entre el valor y el precio está justificada.

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