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Cultura

Muere Javier Marías, Escritor Clave De La Literatura En Español

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El escritor Javier Marías, autor de novelas como Corazón tan blanco, Todas las almas, Tu rostro mañana o Tomás Nevinson, ha fallecido este domingo en Madrid a causa de una neumonía, según han confirmado fuentes de la familia. Tenía 70 años.

Madrileño del barrio de Chamberí, académico de la lengua y colaborador de EL PAÍS, Marías se estrenó como escritor en 1971, con 19 años. Debutó con Los dominios del lobo, una novela redactada “por las mañanas” —se consideraba escritor “vespertino”— en el apartamento parisiense de su tío, el cineasta Jesús Franco, para el que había traducido guiones sobre Drácula. El libro está dedicado a su maestro Juan Benet —que medió con la editorial Edhasa para que se publicara— y a su amigo Vicente Molina Foix, que le “regaló” el título.

Durante años simultaneó la escritura con la enseñanza en la Universidad Complutense y con la traducción. En 1979 su versión de Tristram Shandy, de Laurence Sterne, recibió el Premio Nacional. En 2012 volvió a obtener la misma distinción, esta vez en la modalidad de narrativa, por Los enamoramientos, pero, tal y como había anunciado, lo rechazó. Esa decisión, que se limitaba a los honores otorgados por el Estado español, afectaba también al premio Cervantes (que no llegó a obtener) pero no al Nobel (al que fue candidato). De hecho, contaba ya con algunos de los galardones más importantes del panorama internacional: desde el Rómulo Gallegos hasta el de Literatura Europea pasando por el Nelly Sachs.

Javier Marías fotografiado en su despacho, en 1992.
Javier Marías fotografiado en su despacho, en 1992.Chema Conesa

Tras ganar el Herralde con El hombre sentimental e inaugurar su “ciclo de Oxford” con Todas las almas, la obra de Javier Marías dio el salto al gran público con la aparición en 1992 de Corazón tan blanco, que se alzó con el Premio de la Crítica. En ese libro cristalizó una inconfundible voz en primera persona que trata de sintetizar narración y reflexión en largas frases que —al servicio de una trama misteriosa o de un dilema moral— reproduce obsesivamente el recorrido sinuoso del pensamiento. “Errar con brújula”, lo llamaba. Más tarde vendrían Mañana en la batalla piensa en mí y, cuando apenas se usaba en España la palabra autoficción, Negra espalda del tiempo, en la que da una nueva vuelta de tuerca a Todas las almas.

Entre 2002 y 2007 se embarcó en su obra magna: la monumental trilogía que, bajo el título de Tu rostro mañana, supuso su acercamiento a la Guerra Civil a partir de un episodio inspirado en la delación de la que fue víctima su padre, filósofo y discípulo de Ortega y Gasset. Encarcelado por republicano, Julián Marías tuvo prohibido impartir clases en la universidad franquista por negarse a firmar los principios del Movimiento. Eso le obligó a realizar viajes regulares a Estados Unidos para dar clases, por lo que Javier Marías pasó su primer año de vida en Massachusetts, cerca del Wellesley College, en el que su padre era profesor. Alojados en la casa del poeta Jorge Guillén, como vecino tenía a Vladímir Nabokov, cuyos poemas terminaría traduciendo y al que retrató en el volumen Vidas escritas, mítica recopilación de los perfiles publicados en la revista Claves, fundada por su amigo Fernando Savater.

Javier Marías, en la ceremonia de su ingreso en la Real Academia Española, en 2008.
Javier Marías, en la ceremonia de su ingreso en la Real Academia Española, en 2008.Álvaro García

Cuando parecía que esa trilogía cerraba la obra del Marías maduro —que frisando los 50 seguía siendo “el joven Marías” (el senior era su padre)—, volvió a la ficción con un conjunto de títulos que se cuentan por éxitos: Los enamoramientos, Así empieza lo malo, Berta Isla y la citada Tomás Nevinson. En el prólogo conmemorativo del medio siglo de Los dominios del lobo —su primera novela si descontamos la adolescente y todavía inédita La víspera— el escritor recordaba que, a la recurrente pregunta de por qué escribía, solía responder medio en broma: “Para no padecer a un jefe ni tener que madrugar ni someterme a horarios fijos”. Al final, el oficio de escritor tampoco era, añadía, “manera de pasar la vida para un vago”: “A veces me llevo las manos a la cabeza, consciente como soy de que cada página ha sido elaborada y reelaborada pacientemente, siempre sobre papel y siempre a máquina, con correcciones a mano y vuelta a teclear”. Durante años, además, pensó que “no viviría de­masiado, quién sabe por qué”. Lo que “desde luego” no imaginaba entonces, subrayaba, es que “aquel juego de casi infancia” le iba a llevar a “trabajar tanto”.

Su último libro, ¿Será buena persona el cocinero?, llegó a las librerías en febrero pasado. Se trata de una recopilación de las columnas que había publicado entre 2019 y 2021 en El País Semanal, donde llevaba casi dos décadas ocupando la última página. “Más de 900 domingos”, le gustaba recordar, entre puntilloso y resignado por “no haber convencido nunca a nadie de nada”. Durante años fue el último colaborador regular que enviaba a la redacción sus artículos por fax. Su única concesión tecnológica fue pasar a enviarlos por Whatsapp después de fotografiar los folios que salían de una Olimpia Carrera Deluxe a la que, con ironía, vinculaba el destino de su obra: el día que fallara la máquina de escribir, lo dejaría.

Fue uno de los escritores españoles más internacionales de todos los tiempos. Sus libros se han publicado en 46 idiomas y en 59 países. Y han vendido más de ocho millones de ejemplares en todo el mundo. Si me consideran, me alegro, lo agradezco, pero si no me consideran, no me importa”, declaró en mayo, en una de las últimas entrevistas que concedió. “En mi caso todo lo que tenía que pasar, ya ha pasado en gran medida. No me puedo quejar, he tenido mucha suerte”. Era consciente de que sus libros están en la historia de la literatura y, a la vez, en miles de biblioteca y en el imaginario de infinidad de lectores. Pese a todo, decía no preocuparle el destino de sus novelas: “La posteridad es un concepto del pasado, valga la contradicción aparente. Hoy en día no tiene el menor sentido. Todo se queda viejo a una velocidad excesiva. Cuántos autores, en cuanto mueren, pasan a un olvido inmediato”. Vista la conmoción que ha producido la noticia de su muerte, no es aventurado decir que no será su caso.

Gran aficionado al fútbol y al cine, fue un columnista polémico y un novelista respetado por sus pares y reverenciado por los lectores. Le gustaba firmar en la Feria del libro de Madrid. Resultaba, él mismo lo reconocía, más áspero por escrito que en persona. De cerca era un ser educado y generoso. Una vez abiertas las puertas de su estudio, su atención no distinguía entre ilustres y meritorios, redactores, fotógrafos o becarios.

Sometido a una dolorosa operación de espalda poco antes de la pandemia, pasó sus últimos años recluido entre su casa de la plaza de la Villa de Madrid, atiborrada de libros, películas y soldaditos de plomo, y la de su esposa, Carme López Mercader, en Sant Cugat (Barcelona). Allí tenía como vecino al cervantista Francisco Rico, fumador empedernido como él, personaje “real” en algunos de sus relatos y encargado de responder al discurso con el que ingresó en la RAE en 2008: Sobre la dificultad de contar. La novela que tenía en mente no pasó de las primeras líneas. Al cansancio de haber escrito cuatro en la última década, se le sumó la afección pulmonar que lo llevó al coma y, finalmente, a la muerte. El día 20 habría cumplido 71 años.

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Actores

La Tierra Prometida De La Colombiana ‘Los Reyes Del Mundo’ Gana La Concha De Oro De San Sebastián

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Los reyes del mundo, segundo largometraje de la colombiana Laura Mora, se ha coronado con la Concha de Oro de la 70º edición del festival de cine de San Sebastián. Desde el mismo día de su proyección, esta road movie sobre la búsqueda del paraíso perdido, esa tierra prometida que persiguen de forma obstinada un grupo de chicos de las calles de Medellín, se situó entre las favoritas de la sección oficial del certamen. Se trata de una película de una vitalidad contagiosa, con el telón de fondo político de los desplazados por el conflicto armado que ha vivido Colombia durante décadas. Llena de hermosos momentos, como el de una carretera de la selva surcada a toda velocidad por unos chavales en bicicleta atados a un camión por una cuerda o el baile de los cinco con unas viejas prostitutas, Los reyes del mundo retrata la violencia endógena de Colombia desde la mirada de una directora que en su primera película, Matar a Jesús (2017), buceaba en el desgarro por el asesinato a manos de un sicario de su propio padre.

Los cinco chicos de la película, actores naturales reclutados en los márgenes, se apoderan de la pantalla con su bello ímpetu. Unos sintecho enganchados al pegamento y las pastillas que desean encontrar una nueva oportunidad en el trozo de tierra de los abuelos de uno de ellos, un lugar perdido que el chico ha logrado reclamar al Estado. Rodada en el Bajo Cauca antioqueño por un equipo en su mayoría de mujeres, Los reyes del mundo resulta deslumbrante en su viaje a los orígenes pero también en su manera de abrazar a sus personajes y evitar la sangre gratuita. Desde su inevitable pesimismo, prevalece la hermandad de un grupo de amigos dispuestos a recuperar la dignidad perdida en su búsqueda de un nuevo El Dorado.

El premio especial del jurado, el segundo en importancia y también incontestable, fue para Runner, ópera prima de la estadounidense Marian Mathias. Concisa en sus 76 minutos, sin apenas diálogos, la película embarca al espectador en un paisaje de grises y marrones en el que una cría que acaba de cumplir 18 años carga con el plomizo legado de un padre arruinado y enfermo. La plasticidad de la cinta, su manera de evocar a través de planos fijos un paisaje interior doloroso y fracturado, es notable.

Otro debut, la japonesa Hyakka (A Hundred Flowers), de Genki Kawamura, se ha llevado la Concha de Plata a la mejor dirección por una historia maternofilial sobre la pérdida de la memoria que, a través de largos planos-secuencia, confronta a una madre aquejada de alzhéimer con un hijo atrapado en un trauma de infancia. El premio ex aequo a la mejor interpretación fue para dos intérpretes muy jóvenes metidos en la piel de sendos críos obligados a un abrupto choque de madurez. La debutante española Carla Quílez ha sorprendido con su furioso trabajo en La Maternal, la película de Pilar Palomero sobre la maternidad adolescente. Quílez destila verdad en su retrato de una niña, tan tozuda como herida, enfrentada al problemático vínculo con su propia madre a través del dolor de una maternidad precoz. Paul Kircher, hijo de la actriz Irene Jacob y con más experiencia a sus espaldas, se apodera con fuerza de la pantalla en Le lycéen, en la que el francés Christophe Honoré recrea el traumático trance de la prematura pérdida de su padre.

El premio a la niña Renata Lerman por su trabajo en la argentina El suplente entra dentro de lo anecdótico, como destacar la fotografía de una película tan menor como Pornomelancolía. El convencional drama chino Kong Xiu (A Woman) se apuntó el tanto del mejor guion. Fueron las tres peores decisiones del jurado presidido por el productor argentino Matías Mosteirín y formado por la directora de reparto y cineasta francesa Antoinette Boulat, la realizadora y guionista danesa Tea Lindeburg, el cineasta y artista visual de Lesoto Lemohang Jeremiah Mosese, el director y guionista islandés Hlynur Pálmason y la periodista y escritora española Rosa Montero. La actriz estadounidense Glenn Close, presidenta del jurado en un principio, se cayó del grupo días antes de empezar el certamen por un asunto familiar grave. Fue un jarro de agua fría para un festival soleado que se abrió y cerró con dos días lluviosos.

Palmarés y otros premios del festival

Concha de Oro: Los reyes del mundo, de Laura Mora.

Premio Especial del Jurado: Runner, de Marian Mathias.

Concha de Plata a la mejor dirección: Genki Kawamura, por Hyakka (A Hundred Flowers).

Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista: ex aequo para Carla Quílez (La Maternal) y Paul Kircher (Le lycéen).

Concha de Plata a la mejor interpretación de reparto: Renata Lerman, por La suplente.

Mejor guion: Dong Yun Zhou y Wang Chao, por Kong Xiu (A Woman).

Mejor fotografía: Manuel Abramovich, por Pornomelancolía.

Nuevos Directores: Fifi, de Jeanne Aslan y Paul Saintillan.

Horizontes latinos: Tengo sueños eléctricos, de Valentina Mauriel.

Zabaltegi – Tabakalera: Godland, de Hlynur Pálmason.

Premio del Público: Argentina, 1985, de Santiago Mitre.

Premio de la Juventud: A los libros y a las mujeres canto, de María Elorza.

Premio Fipresci: Suro, de Mikel Gurrea.

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Cine

Muere A Los 88 Años La Actriz Louise Fletcher, La Enfermera Ratched De ‘Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco’

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Louise Fletcher, la actriz que interpretó a la enfermera tirana Mildred Ratched en Alguien voló sobre el nido del cuco, de Milos Forman, falleció el viernes a los 88 años de edad, en su casa en Montdurausse (Francia), según ha informado un representante de la familia. Hay que reconocer que Fletcher supo estar en el filme del momento: Alguien voló sobre el nido del cuco ganó los premios a mejor película, dirección, guion, actor (Jack Nicholson) y actriz, y tuvo un inmenso éxito comercial. Aquella noche del 24 de marzo de 1976 usó en su discurso de agradecimiento el lenguaje de señas inglés para recordar a sus padres sordomudos (”Me enseñaron a tener un sueño, que se ha hecho realidad”, dijo) y agradecer a los miembros de la Academia que la hubieran odiado tanto, como para ganar el premio.

La enfermera Ratched era mucho más agria y terrible en la novela original de Ken Kesey, a quien nunca le gustó la película. Fletcher la hizo más humana, sin abandonar la faceta de antagonista negativa, pero comprendió que no podía ser un personaje de piedra. Con todo, como Forman seguía con las cámaras rodando incluso cuando se acababa la secuencia, mientras el resto del reparto reía y jugaba, manteniéndose dentro de sus personajes, mientras que la actriz seguía circunspecta, algo de lo que quejó en las entrevistas de promoción. En 1975 dijo a The New York Times: “Ellos eran tremendamente libres, y yo tenía que controlarme”. Con todo, mereció la pena. El Instituto de Cine Americano calificó su papel de Ratched como el quinto villano más destacado en la historia del cine y el segundo femenino más notable, solo superado por la Bruja del Oeste en El mago de Oz. El personaje volvería a la vida gracias a la plataforma Netflix, que le dedicó una serie en 2020 titulada Ratched.

Nacida en Birmingham (Alabama) en 1934, segunda de cuatro hermanos, los padres —él, un reverendo episcopaliano que fundó más de 40 parroquias, y ambos especializados en trabajar con personas con problemas de audición— de Fletcher eran sordos, por lo que fue una tía quien la enseñó a hablar a los ocho años. Al acabar sus estudió en la Universidad de Carolina del Norte, viajó por todo Estados Unidos y al llegar a Los Ángeles, decidió convertirse en actriz. Empezó a trabajar a cine y televisión a finales de los años cincuenta, en series como Perry Mason o Maverick. Era muy alta para aquel momento, 1,78 metros, y por ello se especializó en el wéstern, porque en este género los actores eran más altos que en el resto de producciones audiovisuales o teatrales. Se casó con el productor Jerry Bick, y tras aparecer en Nido de águilas (1963), se retiró durante una década para cuidar de sus hijos.

En 1974 regresó a la interpretación con Ladrones como nosotros, de Robert Altman, producida por Bick, de quien se divorciaría tres años más tarde. La historia de vida de Fletcher sirvió como inspiración para uno de los personajes principales del clásico de Robert Altman Nashville (1975). Estaba lista para interpretar su papel, pero su esposo y Altman tuvieron un fuerte enfrentamiento y la actriz fue sustituida por Lily Tomlin. Forman la vio en Ladrones como nosotros y decidió hacerle una prueba. Aun así, tenía dudas. “Pero le pedí que leyera conmigo el guion y de repente, debajo del exterior aterciopelado, descubrí una dureza y una fuerza de voluntad que parecían hechas a la medida para el papel”, escribió el director en sus memorias.

Milos Forman con su Globo de Oro a la mejor dirección, Louise Fletcher, por mejor actriz; y Michael Douglas, como productor de 'Alguien voló sobre el nido del cuco' en 1976.
Milos Forman con su Globo de Oro a la mejor dirección, Louise Fletcher, por mejor actriz; y Michael Douglas, como productor de ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ en 1976.hfpa archives

En una entrevista en los años 80, la actriz recordó el presentimiento de director checo tras ganar el Oscar. “Milos dijo: ‘A partir de ahora solo vamos a cosechar fracasos. Y era verdad. Yo rodé The Heretic ―la segunda parte de El exorcista― y fue un grandísimo fracaso. Milos rodó Ragtime y Jack [Nicholson] Missouri. Esa fue la profecía checa”. Tampoco fue exacto: Fletcher no volvería a ser candidata al Oscar, pero no dejó de trabajar en productos de calidad, que efectivamente mezcló con papeles flojos. Actuó en la estupenda Enemigos naturales (1979) y ahí encadenó malas películas comerciales como Proyecto Brainstorm, Extraños invasores, Ojos de fuego, Invasores de Marte o Flores en el ático. Solo destaca en esa lista Crueles intenciones (1999), y por ello a finales de los noventa y principios de este siglo, la actriz volvió a tener una cierta notoriedad por sus papeles televisivos en Star Trek: Deep Space Nine, Picket Fences y Joan of Arcadia. Su último personaje con peso fue en Un marido perfecto, en 2013.

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Alberto Rodríguez (cine)

El Cine Español Rompe Sus Límites Desde La Diversidad En Un Año Excepcional

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El mundo, sentado en una tensa sala de espera, vive tiempos difíciles, y los efectos de ese punto muerto se han colado también en las abarrotadas salas de este soleado Festival de San Sebastián, que este sábado echa el cierre a la edición de su 70º aniversario. Con las calles y las playas tomadas por el turismo monocorde, en los cines, las películas y series españolas han sabido responder, desde la diversidad y la complejidad, a esa larga crisis global que lo domina todo. No es fácil conectar con un estado de ánimo colectivo bajo mínimos, pero una serie de títulos nacionales dentro y fuera del concurso lo han logrado y, de paso, confirman la excelente añada de este 2022, cuyos frutos ha sabido recoger el certamen.

La sorpresa de última hora la puso el adelanto de la serie de Movistar Plus+ Apagón, que se estrena la próxima semana y está inspirada en el podcast El gran apagón. En ella, cinco directores (Alberto Rodríguez, Rodrigo Sorogoyen, Raúl Arévalo, Isa Campo e Isaki Lacuesta) se embarcan con enorme puntería en el retrato de una nueva realidad distópica. La premisa: una tormenta solar ha impactado en la Tierra causando un apagón generalizado. Ya no hay luz, ni transporte, ni telecomunicaciones. Solo quedan instinto de supervivencia y mucho miedo.

Fotograma de 'Modelo 77'.
Fotograma de ‘Modelo 77’.MOVISTAR+ (MOVISTAR+)

Hace nueve días, la película que abrió, fuera de concurso, el festival y la representación española, Modelo 77, solo avanzó a medias lo que la cosecha nacional traía. Pese al habitual buen músculo de su director, el citado Alberto Rodríguez, el filme se deshincha en su recta final, y desaprovecha la ocasión de profundizar en algunos de los movimientos sociales peor tratados por la historia oficial de la Transición. En cambio, el capítulo de Rodríguez en Apagón es sencillamente redondo, impresionante en su planificación, su sonido y música y su perfecto guion, escrito por Rafael Cobos con aroma a neowéstern ibérico. Lo protagoniza Jesús Carroza, que entrega su mejor trabajo en la piel de un pastor de cabras que huye con su rebaño de unos hombres armados y desesperados que lo persiguen hasta una fantasmagórica pista de esquí cerrada. El cine español vuelve al hambre, a la caza del hombre y a la vieja escopeta. Y el escalofrío es inevitable.

Otro de los episodios, firmado por Lacuesta, se suma a ese neorruralismo que conquista el actual cine español y que tiene su razón de ser tanto en la invasión ultraliberal de las ciudades como en la vuelta a los orígenes de una generación que necesita reconstruir su identidad a través de la tierra y de una nueva solidaridad en la que los inmigrantes juegan un papel fundamental.

Alcarrás, de Carla Simón —bandera indiscutible de esta gran añada en la que se encuentran películas tan diversas como As bestas, de Sorogoyen, Un año, una noche, de Lacuesta, Pacifiction, de Albert Serra, o Cinco Lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa—, se ha llevado estos días, tras ganar el Oso de Oro en Berlín, el premio Lurra de Greenpeace por su “maestría” a la hora de “apelar a la dignidad y la resiliencia” del campo sin caer en sentimentalismos. La organización ecologista también optaba por dos películas presentes en el programa, ejemplos de esos brotes verdes donde lo femenino y lo arcano abren nuevos rumbos: El agua, de Elena López Riera, que, desde su selección en la Quincena de Realizadores de Cannes, no ha dejado de recibir merecidos elogios, y Secaderos, de Rocío Mesa, que tiene destellos en su lado más experimental y que en San Sebastián ha logrado el VI Premio Dunia Ayaso, que concede la Fundación SGAE. Cerdita, de Carlota Pereda, thriller gore con ecos a una Carrie gorda y extremeña, se ha presentado también en la sección Zabaltegi y se suma a ese círculo de nuevas directoras inmersas en los misterios de la España vaciada.

Pero donde un festival se la juega es en su selección oficial y ahí han brillado con derecho propio tres de las cuatro películas seleccionadas. La que sale peor parada es la del más veterano de los participantes, Jaime Rosales, que en Los girasoles silvestres queda por debajo de lo que se espera del director de Petra o Hermosa Juventud. La actriz Anna Castillo podría estar en el palmarés porque su trabajo es, una vez más, excepcional.

Fotograma de la película 'Suro', de Mikel Gurrea.
Fotograma de la película ‘Suro’, de Mikel Gurrea.

Las mejores impresiones llegaron con Suro, una muy buena ópera prima de Mikel Gurrea sobre una pareja de arquitectos que se traslada a vivir a una finca de alcornoques heredada en la que las tensiones de poder y el trabajo alrededor de la recogida del corcho (suro en catalán) desembocará en una desatada crisis afectiva. Por encima se sitúa la segunda película de Pilar Palomero, La Maternal, que lleva mucho más lejos las propuestas de su celebrado debut, Las niñas. De La Maternal se ha destacado su aproximación, con elementos de cine documental, a un centro de acogida para menores embarazadas, pero lo que de verdad distingue a la película es cómo aborda la dolorosa relación entre la adolescente embarazada que interpreta la maravillosa Carla Quílez y su propia madre, la también maravillosa Ángela Cervantes. Es este aprendizaje, el de ser hija, lo más conmovedor de un filme con una humanidad a flor de piel.

Valèria Sorolla y Telmo Irureta, en una imagen de 'La consagración de la primavera'.
Valèria Sorolla y Telmo Irureta, en una imagen de ‘La consagración de la primavera’.

La película española más compleja y valiente ha sido, con todo, La consagración de la primavera. El tercer largometraje de Fernando Franco se adentra en un territorio inédito y lo hace con tanto tacto que es imposible no quedarse con la boca abierta: la asistencia sexual remunerada a un joven con parálisis cerebral por una chica aún virgen se convierte en una exploración muy arriesgada a la psicología de una mujer joven en la que la educación religiosa y los límites de la experimentación corporal se confrontan con la delicadeza de un muchacho en silla de ruedas al cuidado de su astuta madre. El juego de miradas y palabras exactas de los debutantes Telmo Irureta y Valèria Sorolla y la veterana Emma Suárez son un prodigio a la altura de la dificultad de lo que cuenta este filme loco y sorprendente.

Otra veterana, Isabel Coixet, presentó su documental El techo amarillo, sobre nueve mujeres que sufrieron abusos sexuales de su profesor de teatro, y su proyección se convirtió en una de las más emotivas de estos días con el patio de butacas celebrando el filme al grito de “yo sí te creo”. El documental-estrella, eso sí, fue Sintiéndolo mucho, de Fernando León de Aranoa sobre Joaquín Sabina. Un trabajo para muy cafeteros, en el que León de Aranoa se otorga un protagonismo fuera de lugar y que deja muchos flecos sueltos. Los inicios de Sabina con La Mandrágora quedan reducidos a una simple foto, no existen, y todo se apuesta al ingenio oral de un cantautor condenado a su púlpito.

Joaquín Sabina en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián el pasado sábado.
Joaquín Sabina en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián el pasado sábado.Juan Herrero (EFE)

Lo más llamativo no es la cursilería de muchos planos, ni esa mal traída comparación con ¡Bob Dylan!; lo más llamativo de todo es que en un vergonzoso montaje en paralelo se compare la cogida del torero José Tomás en la plaza mexicana de Aguascalientes con la caída del cantante en pleno concierto en el WiZink Center de Madrid hace dos años. Obviamente, tras años de rodaje, el documental tiene algún gran momento, como un Sabina borracho en una madrugada en Rota, pero el conjunto es decepcionante.

Mucho más pequeña, humilde y al uso en su propuesta, pero con bastante más contexto y autocrítica, resulta la mirada sobre el grupo Tequila de Álvaro Longoria. Ofrece pistas muy interesantes sobre la fama temprana, el mundo de las fans y los efectos de las drogas duras en un grupo que jugó a la sensualidad rockera de Rolling Stones en la gris España de la Transición. Lo más interesante de todo es descubrir la tristeza soterrada que había tras aquellos dos amigos, Alejo Stivel y Ariel Rot, llegados de Argentina huyendo con sus familias de la dictadura de Videla. El contrapunto que ofrece además una voz femenina (Cecilia Roth, hermana de Ariel) se echa en falta en las casi dos horas de Sabina por Sabina. Stivel y Rot fueron víctimas colaterales de esa misma feroz dictadura que se retrata en la película más valorada por el público donostiarra: Argentina 85, de Santiago Mitre, con guion de Mariano Llinás, incluida en la sección Perlas de otros festivales, en este caso el de Venecia.

En la última película del prolífico cineasta coreano Hong Sangsoo, proyectada estos últimos días del concurso, el vino le roba el protagonismo al tradicional soju que suele regar el cine de un maestro que juega en su propia liga. Ante una copa de tinto, el protagonista, director de cine, se abre a la conversación sobre un oficio que se debate en la imposible batalla entre arte e industria. Hasta que dilucidemos si esa lucha está del todo perdida o no, queda al menos el consuelo de estos días en San Sebastián, que han demostrado que la cosecha española de 2022, por seguir con la analogía vinícola servida por Sangsoo, ha merecido la pena.

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