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Muere El Filósofo Francés Edgar Morin A Los 104 Años

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El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin falleció este viernes en París, según confirmó su viuda a Le Monde. El pensador era el último representante de un mundo prácticamente extinto, el de los grandes intelectuales fraguados en las llamas de la primera mitad del siglo XX. Morin vivió los últimos años a caballo entre París, Montpellier -sur de Francia- y Marraquech) y siguió escribiendo de forma infatigable obras que iluminaron el pensamiento sin corsés ni esa manera de ver el mundo, decía él, precocinada en los grandes medios occidentales. Morin fue también el creador de la teoría del pensamiento complejo, algo que hoy muchos considerarían un pleonasmo y que, en realidad, remitía a esa idea sobre la imposibilidad de compartimentar el conocimiento porque todo está conectado, tal y como ocurría con su propia biografía.

Morin nació en París como Edgar Nahoum, hijo de judíos sefardíes procedentes de Tesalónica (Grecia), el autor proclamaba su identidad múltiple de español, italiano (por parte de madre), francés y europeo. Estudió Historia, Geografía y Derecho. “Hasta sus últimos días, se mantuvo atento al mundo, a los demás y a las grandes cuestiones humanas que nutrieron su pensamiento”, ha declarado su esposa, Sabah Abouessalam Morin. “Hoy, el vacío que deja es inmenso. Pero su valentía, su fidelidad a las personas y a las ideas, su exigencia moral y su esperanza siguen acompañándonos”, ha añadido.

Desde la década de 1950 desarrolló su actividad investigadora en diversas instituciones académicas francesas, especialmente en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS). A lo largo de su carrera publicó más de una veintena de libros sobre sociología, cultura, política, conocimiento y complejidad. Algunos con tanta actualidad todavía como aquel Rumor de Orléans, una ensayo sobre una falsa historia que se propagó en 1969 según la cual jóvenes mujeres desaparecían en los probadores de ciertas tiendas de ropa, eran drogadas y luego enviadas a redes internacionales de prostitución. Todo era infundado. Un bulo, posverdad antes de que ese prefijo tuviera sentido en nuestro mundo. Pero el caso adquirió una dimensión especial porque las tiendas señaladas compartían una característica: estaban regentadas por comerciantes judíos. Por eso el fenómeno se considera hoy un ejemplo clásico de bulo antisemita y teoría conspirativa.

Además de filósofo y sociólogo, Morin fue un intelectual comprometido con los grandes debates de su tiempo: el antifascismo, la crítica al estalinismo, la descolonización, la ecología, la globalización y la defensa de un humanismo renovado. Incluso fue el inventor de la denominación Yé-Yé en dos artículos aparecidos en Le Monde en julio de 1963, en los que el sociólogo analizaba el fenómeno Salut les copains, encarnado por el propio Johny Halliday y una generación de músicos como Claude François, Dick Rivers avec les Chats Sauvages o François Hardy. Tras la publicación de estos textos, tuvo la oportunidad de conocer al cantante, quien desde entonces lo bautizó como “el mejor amigo de los jóvenes”. Un epígrafe que se confirmaría en los siguientes años con muchas de sus posiciones ideológicas.

Aunque durante décadas fue una figura marginal en parte de la universidad francesa, su influencia se extendió internacionalmente, especialmente en América Latina, donde sus ideas inspiraron reformas educativas y centros de investigación. Hasta sus últimos años siguió publicando, interviniendo en debates públicos y defendiendo la necesidad de una “insurrección de las conciencias” basada en la fraternidad, la cooperación y la esperanza.

Intelectual de referencia para la izquierda francesa, inspirador (junto a Stéphane Hessel) para aquellos jóvenes que salieron a las plazas del mundo en el año del 15-M, Morin fue un humanista al que siempre le gustó intervenir en el debate público. Aunque en el ámbito del pensamiento, se le reconocerá ya para siempre por la publicación entre 1977 y 2004 de los seis volúmenes de El método, donde desarrollaba las claves del pensamiento complejo, metodología de reflexión multidisciplinar y panorámica, ajena a los cajones estancos.

Morin hizo casi todo y casi siempre, de forma lúcida y brillante, aunque un cierto pesimismo atravesase toda su obra. En su libro Lecciones de un siglo de vida, por ejemplo, confesó que fue mal padre y mal hijo. Y quizá fuera la muerte de su madre uno de los episodios que más configuró su pensamiento inicial, justo cuando Morin estaba a punto de cumplir diez años y ella falleció tras un ataque al corazón. Más tarde lo describiría como un “Hiroshima interior”. Desde entonces, tendría que, según una frase de Heráclito que haría suya, “vivir de la muerte, morir de la vida”.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, le recordó también en sus redes sociales. “Soldado de la Resistencia, militante y liberado, escritor y pensador del siglo, defensor de la naturaleza y de los pueblos, Edgar Morin era el humanismo hecho persona. Con su benevolencia, su curiosidad, no dejaba de iluminarnos. Pensamiento complejo, vida fecunda, espíritu universal. Dirijo a sus allegados las condolencias de la Nación”.

Su periplo político habla también de las tormentas de Francia. Su obra Autocrítica, publicada en 1959, tuvo un gran impacto. En ella relata su expulsión del Partido Comunista Francés (PCF), del que había sido una figura destacada, y su ceguera ante el estalinismo, del que fue lugo muy crítico. También se constituyó luego como uno de los fundadores del comité de intelectuales contra la guerra de Argelia, un fenómeno que determinaría la mayoría de grandes fenómenos políticos y culturales que viviría Francia.

La vida de Morin, precisamente, se explica a través de las grandes convulsiones del siglo XX, desde la Segunda Guerra Mundial, cuando se enroló en la Resistencia (ahí nació el seudónimo Morin que utilizó luego también como autor y pensador), hasta la ola revolucionaria que recorrió el mundo en 2011 y que en España cristalizó con la acampada del 15-M. Morin creía que cuanto mayores fueran los riesgos de las crisis, mayores serían las posibilidades de encontrar soluciones. A la pregunta que a menudo se le hacía sobre si era optimista o pesimista, respondió en 2005: “Soy un “optimista-pesimista” (…), tengo esperanza en medio de la desesperación”.

Esa visión del mundo, algo sombría, quedó también reflejada en uno de sus últimos ensayos, De guerre en guerre: de 1940 à l’Ukraine (de guerra en guerra: de 1940 a Ucrania. “Estamos ante la escalada de la falta de humanidad y el hundimiento de la humanidad, la escalada del simplismo y el hundimiento de la complejidad. Y, sobre todo, la escalada hacia una guerra mundial que supone el hundimiento de la humanidad en el abismo”, escribía en una tribuna publicada en este periódico a propósito de la guerra en Ucrania. Pero ni siquiera sus 104 años de vida y el privilegio de cabalgar los cambios de época más fascinantes le han alcanzado para ver el final de ese conflicto y desmentir sus aciago presentimiento. Les souvenirs viennent à ma rencontre, su libro de memorias publicado en 2019, adelantaba también de este final. “Yo también partiré hacia el país donde crece la flor de naranjo”.

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