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En todo el mundo ha surgido, como una seta alucinógena, la propuesta de quitar la nacionalidad a los que se porten mal

Protesta en Israel contra los cineastas de ‘NAZA’Sharon Eilon (SOPA Images/LightRocket/Getty)

En las últimas semanas ha surgido, como una seta alucinógena, la propuesta de quitar la nacionalidad a los que se porten mal. Este delirio suele ser invocado por aquellos que se envuelven en la bandera para disimular otras carencias. La primera de las políticas discriminatorias del nazismo tuvo que ver con la persecución de todas aquellas expresiones, ya fueran artísticas o intelectuales, que identificaban como antialemanas. Esto generó una tradición germana y austriaca, tras la tragedia de la guerra, por la cual el desprecio a su propio país era casi una obligación estilística. El mejor representante de esta escuela fue Thomas Bernhard y sus compatriotas tuvieron que soportar su éxito y su categoría internacional para no identificarse como nazis encubiertos bajo el sistema democrático. Pero los tiempos están en regresión y vuelve a invocarse lo antipatriótico, como si no hubiera formas de ser de un país a gusto de cada cual. El precedente más cercano ha sido la dictadura de Nicaragua, donde la pareja en el poder expulsó y convirtió en apátridas a los más nobles representantes del pensamiento crítico. Algunos de ellos han encontrado refugio en España, algo que honra a nuestro país. También El Salvador encarcela sin garantías a los nacionales y Donald Trump, un presidente dañino, juega con la idea de cerrar universidades, expulsar alumnos, vetar medios e impedir el voto electoral si no piensan como él.

Hace apenas una semana, tras la buena acogida y los premios a su película NAZA en el Festival de Venecia, los dos directores israelíes autores de la cinta se despertaron con la amenaza gubernativa de retirarles la nacionalidad. Benjamin Netanyahu y su corte no soportaron que el documental recogiera los testimonios de servidores públicos que se avergüenzan de lo que han sido obligados a hacer en la persecución contra los palestinos. Al tildar a la pieza de antipatriótica, el gabinete abre la puerta a segar las cabezas de los ciudadanos que no son de su agrado. Es quizá la humillación final de esa democracia. Por ahora, tan sólo resiste la presión una minoría de israelíes que se enfrentan a su Gobierno con enorme valentía y tratan de salvar la dignidad del país. En medio de toda esta faramalla y con la crisis humanitaria de Ceuta dando carta blanca a algunas expresiones de racismo abominables, asoma esta deriva en una oposición que tiene tanta prisa por llegar al poder que a veces se atropella a sí misma. Ayudada por su rama judicial, afincada en el Supremo, lograron congelar los derechos de voto de miles de españoles reconocidos por la llamada ley de nietos. Una decisión controvertida que hasta su resolución definitiva no permite convocar elecciones, pues se estarían cercenando los derechos constitucionales de casi medio millón de españoles.

Por si faltaba un clavo para cerrar este ataúd de la inteligencia moral, reaparece la iniciativa de retirarle la nacionalidad a quien comete delitos graves. Como si las cadenas perpetuas se les quedaran pequeñas en su afán por vender autoridad y mano dura y postularse como sheriff con puño de hierro siempre contra los débiles. Esto es algo que en temporada de falta de amor por las libertades civiles tiene siempre éxito electoral. Ojalá se frene esta carrera con destino al fascismo. La gracia de la nacionalidad estriba en la convivencia de personas distintas, con distintos intereses, estilos, formas de comportarse y personalidades. La uniformización es peligrosamente reaccionaria. La catástrofe de empobrecer tu país para que se ajuste a tu zapato la conocemos por ejemplos históricos bien tristes.

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