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Un Rayo Mata A Dos Personas Junto A La Casa Blanca Y Deja A Otras Dos En Estado Crítico

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La fuerte tormenta que azotó Washington este jueves se ha cobrado dos víctimas mortales por la caída de un rayo muy cerca de la Casa Blanca, en pleno centro de la capital. James Mueller, de 76 años, y su mujer, Donna Mueller, de 75, han muerto este viernes, según ha informado la policía. Otro hombre y otra mujer alcanzados por la descarga eléctrica están en estado crítico.

Las dos víctimas mortales, originarias de Wisconsin, se encontraban en Lafayette Square, la plaza arbolada abierta al público contigua al recinto de la Casa Blanca, al cruzar la avenida Pensilvania, peatonal en ese tramo. Es un lugar por el que pasan cada día miles de habitantes y trabajadores de Washington y de turistas de todo el mundo.

Miembros del servicio secreto estuvieron entre los primeros en atender a las víctimas, que se encontraban cerca del centro de la plaza. Los servicios de emergencia se desplegaron en la zona y las cuatro víctimas fueron trasladas con vida, pero en estado crítico, a un hospital.

Los servicios de protección civil lanzaron avisos durante buena parte de la tarde por el riesgo de inundaciones, vientos y de tormenta eléctrica tras un día muy caluroso en la capital federal y toda la región. La lluvia descargaba con fuerza y los rayos eran frecuentes. El que alcanzó a las víctimas cayó poco antes de las 19.00 horas (hora local, 01.00 en la España peninsular). Los cuatro se habían refugiado de la lluvia bajo un árbol. “Los árboles no son lugares seguros. Para cualquiera que vaya a buscar refugio bajo un árbol, es un lugar muy peligroso”, señaló este jueves en una comparecencia Vito Maggiolo, portavoz del Departamento de Bomberos de la capital.

Según el Servicio Nacional de Meteorología (NWS) de Estados Unidos, los rayos han matado a una media de 23 personas por año en todo el país en la última década. Julio y agosto son los meses con más muertes por descargas eléctricas por rayos. En lo que va de año hasta el pasado martes, se contabilizaban nueve muertes. Según las estadísticas del Servicio Meteorológico Nacional (NWS, por sus siglas en inglés), ninguna de las más de 400 víctimas mortales de los últimos 15 años se había producido en el Distrito de Columbia.

Las probabilidades de ser alcanzado por un rayo son de una entre un millón, según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos. El 90% de las víctimas sobrevive. Florida, Texas, Colorado, Carolina del Norte, Alabama, Arizona, Georgia, Missouri, Nueva Jersey y Pensilvania son los Estados con más muertos y heridos por rayos. Florida está considerada la capital de los rayos del país, con más de 2.000 heridos en los últimos 50 años, según el CDC. Desde 2006, además del Distrito de Columbia, solo cinco Estados (Alaska, Delaware, Hawái, New Hampshire y Washington) no han registrado ninguna muerte por rayo.

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Una Noche De Angustia A Las Puertas Del Pozo De Coahuila: Ni Rastro De Los 10 Mineros Atrapados

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La noche en Coahuila es casi tan negra como el carbón que dibuja cicatrices sobre la cara de Sergio Martínez, después de haber pasado todo el sábado peleando con la tierra, el sol y el agua para salvar a su hermano pequeño, Jorge Luis. Las estrellas salen sobre la mina de las Conchas, en Sabinas. Y con ellas, él acaba otro turno en uno de los equipos que contra toda probabilidad tratan de rescatar con vida a los 10 mineros atrapados desde el miércoles bajo el derrumbe del pozo tres. Martínez enciende un cigarro, las manos gruesas y callosas de trabajador manual tiznadas por el mineral que en esta región es sustento y a la vez condena, pero se olvida de fumarlo. Las brasas se consumen hasta que todo lo que queda es un hilo de ceniza que cae con suavidad sobre el polvo del desierto.

—La verdad, quisiera ir a un lugar y gritar. Desahogarme. Ya llamé a mi hermano pozo por pozo. Pensar que está ahí dentro, si respira, la agonía… Si uno supiera cuando alguien se va a morir para poder despedirse…

Martínez (36 años) llora lágrimas contenidas que al caer por sus mejillas arrastran el polvo acumulado. Clava la mirada en los pozos y deja sobre una nevera portátil en la que sus familiares almacenan agua fría el casco blanco, el chaleco naranja, la linterna. Junto a él, otro puñado de parientes que se niegan a irse a casa se han congregado en vigilia en un campamento improvisado con una pequeña carpa y unas cuantas sillas de plástico. Esperando estoicos en la noche están su hermana; su esposa; su hijo adolescente; la esposa de Jorge Luis, Carolina Álvarez (33 años) y la hija mayor de ambos, Alison, de 16.

Sergio Martínez participa en las labores de rescate para salvar a su hermano, Jorge Luis.
Sergio Martínez participa en las labores de rescate para salvar a su hermano, Jorge Luis. Emilio Espejel (EL PAÍS)

La situación no es halagüeña y esta espera que se siente eterna, está desquiciando a los familiares. En contra de la versión oficial, los rescatistas comentan entre ellos que el nivel de agua que inunda los pozos —lo que provocó el derrumbe— se mantiene todavía por encima de los 30 metros en un pozo de 60 metros de profundidad. Los túneles colapsados están a apenas unos metros de la mina de Las Conchas, que llevaba casi 40 años abandonada y llena de agua por su cercanía con el río Sabinas. Aunque varias bombas están drenando, a medida que achican el líquido vuelve a filtrarse.

Las familias de los hombres atrapados bajo tierra no entienden por qué los buzos que han venido desde Ciudad de México no actúan. Entre ellos comentan que son los mineros de la zona los que van a entrar a los pozos a buscarlos. Casi 60 trabajadores de esta pequeña comunidad que han acudido a socorrer a sus compañeros. Muchos son familia. El presidente del Gobierno, Andrés Manuel López Obrador, ha señalado que está analizando si acudir a la mina para mostrar su apoyo: “Estamos valorando la situación para decidir, porque está bombeándose mucha agua, mucha, mucha agua”.

Alison Martínez mira con ojos húmedos hacia el pozo. Su madre la abraza y le acaricia el pelo. No se ha ido a casa desde que llegó y a su cara se asoma el cansancio. Ha dormido en unos catres habilitados en el interior del perímetro de seguridad del Ejército alrededor de los pozos, donde solo pueden entrar los familiares más cercanos. En torno al cerco militar, el resto de parientes descansa como puede, algunos sobre mantas en el suelo, entre cactus y alacranes.

El viento de la noche no cesa de soplar y levanta polvaredas, que a luz blanca y quirúrgica de los focos se ven como si la niebla hubiera descendido sobre la mina o como una tormenta de arena a medio gas. Proyectan sombras alargadas entre los arbustos; claroscuros caprichosos que dan un gesto grave a los rostros. Algunas personas dormitan en sillas de plástico unos metros más atrás, bajo los arbustos. Los que están despiertos hablan de la esperanza de volver a ver con vida a los mineros, aunque en el aire flota un aura como de velatorio. Pero de vez en cuando se oye una risa, a alguien que invoca la memoria de los obreros atrapados con una anécdota.

Fernando, amigo de un minero atrapado bajo tierra observa el área de trabajo donde se lleva a cabo la labor de rescate de 10 mineros.
Fernando, amigo de un minero atrapado bajo tierra observa el área de trabajo donde se lleva a cabo la labor de rescate de 10 mineros. EMILIO ESPEJEL (EL PAÍS)

Sergio Martínez se encontraba fuera de Coahuila desde hace seis meses. Pero volvió corriendo el día que supo que el agua había inundado y derruido el túnel en el que Jorge Luis (34 años), minero desde adolescente, picaba en busca de carbón. Los últimos cuatro días todo su universo ha sido cargar tuberías y bombas de drenaje de un lado a otro, ayudar a los expertos a sacar todo el líquido de la mina.

Llegó el jueves por la mañana y no se fue a casa a descansar hasta el viernes. Ahora, en la noche del sábado, reconoce que está cansado, que apenas puede seguir caminando, que para él trabajar en estas condiciones es un peligro. Hace cuatro horas dijo que se iba a descansar y darse una ducha, pero algo le retiene en la mina. Una voz que le susurra al oído que en cualquier momento puede pasar el milagro que está esperando, que tiene que estar aquí cuando los mineros empiecen a salir.

Cuenta historias sobre Jorge Luis, recuerda los momentos compartidos: las últimas navidades, los bailes en pareja, las conversaciones entre cervezas hasta la madrugada. Sonríe un rato al rememorar, pero de la alegría pasa rápido a la tristeza cada vez que se escucha un ruido desde los pozos, cada vez que la linterna de otro rescatista alumbra entre la oscuridad. Y lamenta los seis meses que pasaron sin verse, que por sus diferentes horarios de trabajo no pudieran ni siquiera ponerse de acuerdo para hablar por teléfono. “Ahí abajo me están esperando”, dice señalando el pozo, “solo pienso en sacarlo con vida”.

Familiares de los mineros atrapados esperan noticias sobre el rescate en un campamento improvisado a las puertas de la mina.
Familiares de los mineros atrapados esperan noticias sobre el rescate en un campamento improvisado a las puertas de la mina. EMILIO ESPEJEL (EL PAÍS)

Su madre tampoco quiere irse a casa. Vivía sola con Jorge Luis y no quiere pensar en volver y quedarse a solas con su cabeza, con la ausencia de su hijo. Prefiere dormir en la mina, rodeada del resto de familiares. Aquí las tragedias cuando llegan son colectivas y en colectivo se afrontan. “Ahora mi mamá está más calmada, ha podido respirar”, cuenta Martínez. “La vida nos ha golpeado fuerte los últimos años. Esto se siente feo”. Entonces levanta la cabeza y mira a los periodistas.

—¿Tienen hermanos?

—Una hermana—, responde el fotógrafo.

—Un hermano pequeño—, dice el reportero.

—Abrácenlos cuando los vean. Uno nunca sabe cuando va a tener que despedirse.

Las horas pasan y otros rescatistas llegan para tomar el relevo a sus compañeros. Intercambian algunas palabras, se cuentan las escasas novedades, dicen palabras de apoyo, comparten botellas de agua. Y se lanzan linterna en mano hacia la mina, donde el amanecer les encontrará, como los últimos tres días, con sudor en la cara y carbón en las manos.

Familiares de los mineros atrapados esperan noticias sobre sus seres queridos en la mina.
Familiares de los mineros atrapados esperan noticias sobre sus seres queridos en la mina. Emilio Espejel (EL PAÍS)

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Impotencia A Las Puertas De La Mina Colapsada En Coahuila: “Que Me Devuelvan A Mi Hermano, Sea Como Sea”

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David Huerta golpea la piedra una vez, luego otra, otra y otra más: fiero, mecánico, vencido. Como si entre las manos no tuviera una botella de agua vacía sino un pico y acabara de encontrar una veta. Quizá sea un viejo hábito, un reflejo involuntario, la única forma de soltar tensión que conoce alguien que pasó 15 años arañando carbón de las entrañas de la tierra. O quizá solo sea su manera de lidiar con el nerviosismo de saber que su cuñado, Sergio Cruz, sigue ahí dentro, en el epicentro del derrumbe desde la una y media de la tarde del miércoles: sepultado en el interior del pozo tres. Junto a él, otros nueve compañeros a los que se les vino encima el túnel en la mina Las Conchas, en el pueblo de Sabinas, en el Estado de Coahuila: en territorio minero.

“Aquí hay negligencia del patrón”, reniega este viernes sentado a la sombra de un árbol en los alrededores de la mina, que ahora es un campamento improvisado con carpas, maquinaría, soldados y equipos de rescate que trabajan a contracorriente para salvar con vida a los 10 obreros atrapados desde hace tres días. Y se repite que no hay derecho, que deberían dejarles participar en las labores de salvamento a ellos: los mineros de la comunidad, que conocen mejor que nadie el subsuelo de esta tierra seca, pobre, polvorienta, castigada por el sol omnipresente del desierto, donde nada crece, donde el único empleo posible está en la profundidad de los pozos o en la miseria de las maquilas.

—Uno no más viene a apoyar moralmente, ¿qué puedes hacer? Te desesperas, te tienen amarradas las manos. Quiero entrar a ayudar y no me dejan. A lo mejor los especialistas saben mucho, pero no conocen el terreno. Trajeron a una cuadrilla de Torreón. ¿Cuánto se tarda? Es tiempo perdido, aquí un minuto es oro puro.

David Huerta espera información respecto a su cuñado, Sergio Cruz, uno de los mineros atrapados.
David Huerta espera información respecto a su cuñado, Sergio Cruz, uno de los mineros atrapados.EMILIO ESPEJEL

La cercanía del río Sabinas era una bomba de relojería a punto de estallar. La boca principal de la mina fue cerrada hace años porque estaba inundada. Pero se cavaron tres nuevas entradas a escasos metros, y volvió a funcionar a principios de año, bajo el control de la empresa Minera Río Sabinas SA de CV —vendida en noviembre de 2012 a Compañía Minera El Pinabete—. Cuando este miércoles los trabajadores picaban en busca de carbón, se encontraron de nuevo con el agua, que con la presión acumulada de tanto tiempo provocó que todo se desplomara. Los que estaban en los dos túneles más lejanos pudieron salvarse. Cinco fueron hospitalizados, dos de ellos ya han recibido el alta médica. Los 10 que se encontraban en el pozo tres, el más cercano a la explotación abandonada, no tuvieron tiempo de escapar. “Uno sabe que truena y olvídate, el agua está esperando un hueco para salir y sale”.

Cruz (41 años), el cuñado de Huerta, llevaba solo cuatro meses trabajando en el pozo tres, pero toda una vida en la minería. Había tenido otros accidentes antes. Una piedra desprendida le rebanó un pedazo de oreja hace tiempo. Pero nada se equiparaba a este derrumbe. A la incertidumbre se suma la desesperación de sentirse engañados por las autoridades. Huerta protesta porque llevan horas sin tener noticias de sus familiares: “No nos dicen nada, son puras mentiras. Cuando las cosas van bien, ellos mismos salen y dan la cara. Tienen todo el día que no salen, da mala espina”.

Huerta dejó hace ocho años la mina, “gracias a Dios”, concede. Ahora trabaja fabricando vagones de tren. “Este no es el primer accidente que he visto, se han ido parientes míos, hace poco a un primo le cayó una piedra que le reventó todo por dentro”, narra. Mira con ojos cansados al suelo, la cara parcialmente tapada por una gorra que le ayuda a ocultar la emoción. Apenas ha dormido desde el miércoles. Su hermana, Marta María, le llamó llorando para contarle la tragedia. Desde entonces, alguna siesta, alguna escapada a casa para ducharse, pero sobre todo, las horas se han pasado esperando en la mina una noticia que no termina de llegar. “Hay probabilidades de encontrarlos con vida, hay casos de mineros que se quedan ocho o nueve días atrapados y salen, pero son muy escasas”, se resigna.

—¿Vale la pena arriesgarse con un trabajo en la mina?

— Es bien difícil. Nadie de aquí terminó la preparatoria. La necesidad te hace. No hay buenos trabajos, solo pura maquiladora, pero hay crisis y se paga bien en los pozos, 3.000 o 4.000 pesos por semana (unos 150, 200 dólares). Entras a las siete de la mañana y a la una estás en casa. Por eso es que nos arriesgamos.

Sergio Martinez recibe la bendición de su esposa durante la operación de rescate de su hermano, que está atrapado bajo tierra.
Sergio Martinez recibe la bendición de su esposa durante la operación de rescate de su hermano, que está atrapado bajo tierra.EMILIO ESPEJEL

El suelo alrededor de la mina está tiznado de carbón, como una prueba del delito. Montones de piedras del negro mineral descansan por doquier entre los castilletes de hierro que marcan la ubicación de los tres pozos. El ruido de las máquinas industriales que escarban la tierra y drenan el agua de su interior se impone a todo: 18 bombas especializadas que han llegado de todo el país. Antes de que los equipos de rescate puedan internarse en los túneles, tienen que achicar toda el agua. El jueves el líquido todavía se encontraba a más de 30 metros. Desde entonces las cifras bailan: nadie sabe muy bien cuánto ha bajado, ni cuánto tiempo más tendrán que esperar.

Dentro de la mina las autoridades solo permiten estar a un familiar por cada minero atrapado. El resto, como Huerta, vagan por los alrededores del perímetro de seguridad custodiado por el Ejército. Se refugian del asfixiante sol en carpas blancas y miran al suelo sin ganas de hablar, masticando la impotencia en silencio. A algunos parientes sí les han permitido ayudar en el rescate como voluntarios, y trabajan junto a los soldados, sin más medidas de seguridad que un casco y un chaleco reflectante.

El derrumbe fue una tragedia anunciada. O más bien, repetida. En la región se extrae el 99% del carbón que compra la Comisión Federal de Electricidad (CFE) mexicana, uno de los pilares de la reforma eléctrica del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador. Unas 3.000 familias de la zona dependen directamente de la explotación del mineral, y otras 11.000 de empleos indirectos. Y las muertes de los mineros salen baratas en un territorio que solo es noticia cuando un pozo se viene abajo, para ser olvidado poco después. Siete trabajadores murieron en junio del año pasado. En 2006, 65 obreros murieron por una explosión de gas en Pasta de Conchos, en la que es hasta el momento la mayor tragedia minera de la historia de México. Los familiares de las víctimas denuncian que todavía no han conseguido justicia.

Una vista del pozo tres donde se lleva a cabo la operación de rescate de 10 mineros atrapados.
Una vista del pozo tres donde se lleva a cabo la operación de rescate de 10 mineros atrapados. emilio espejel

Sergio Martínez (36 años) tiene dentro del pozo a su hermano Jorge Luis (36 años), que llevaba cuatro meses trabajando en otro pozo de la misma explotación y solo hace una semana se había trasladado al túnel del colapso, a cambio de la promesa de un salario mayor. Esperándole fuera, tiene a su mujer y dos hijos menores de edad. Martínez estaba fuera de Sabinas cuando sucedió el derrumbe, pero dejó todo y vino corriendo. Lleva desde las ocho de la mañana del jueves colaborando en lo que puede, sin dormir ni irse a casa. “¿Cómo vamos a descansar? Quiero ya que me devuelvan a mi hermano, sea como sea. Nos sentimos tristes, nostálgicos, impotentes. Se habla de la esperanza de que pudieran estar en una burbuja de aire, lesionados, golpeados, pero con vida”, dice lleno de polvo, con el casco calado y una linterna en la mano. Abraza a su mujer y vuelve al trabajo.

Cuando se va, operarios del ayuntamiento de Sabinas colocan una cerca con maderas y la cubren con una lona, para que no pueda verse lo que sucede en la mina. “Imagínese, desesperación y angustia de que no nos dicen nada y ahora nos van a tapar aquí”, se desahoga Beatriz Amaya, que en otra de las carpas vela la ausencia de su sobrino, Hugo Tijerina Amaya. El hermano de Hugo, Raimundo, es uno de los mineros que pudieron escapar. Le entró agua en los pulmones y fue hospitalizado. Ya ha recibido el alta, “pero no quiere hablar con nadie”, dice Amaya.

La brisa sopla a las seis de la tarde y levanta remolinos de polvo que bailan alrededor de los grupos de familiares desesperados; de los vecinos de la comunidad que se acercan a traer agua y comida; de los soldados que tratan de mantenerlos fuera de la mina; de los rescatistas que empapados en sudor continúan con su labor sin detenerse un instante. Por el horizonte se acerca la tercera noche que 10 mineros pasarán bajo el derrumbe del pozo tres.

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Muere Una Niña De 10 Años Al Caer De Un Octavo Piso En Valencia

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Una niña de 10 años ha muerto este domingo tras precipitarse desde un octavo piso en un edificio ubicado en el distrito de Patraix de la ciudad de Valencia, según han informado fuentes de la Policía Nacional.

Los hechos se han producido sobre las ocho de la mañana, cuando la menor ha caído desde un inmueble de la calle Rafael Solbes por causas todavía desconocidas. La niña ha fallecido en el acto.

Al lugar se han desplazado varias unidades de la Policía Nacional y una ambulancia del SAMU, así como la Policía Científica. La Policía Judicial se ha hecho cargo de la investigación del caso.

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