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‘La Casa De La Música’ En RTVE: Nochebuena En Mayo

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Sentada en un sillón, con esa voz que adormece a las fieras, Ana Belén le dijo a Jesús Vázquez, después de cantar Solo le pido a Dios, que la canción que acababa de interpretar era “hermosa”. Lo dijo un par de veces, abriendo mucho la boca e insistiendo en el adjetivo. Y lo que hizo anoche TVE para sustituir la retransmisión del festival de Eurovisión 2026, llamado La casa de la música, fue tal cual. Hermoso. Tirando de archivo, de recursos, de oficio y de músculo. Un poco Cachitos a veces, otro rato era Nochebuena, pero la de antes de las peleas provocadas por el achispamiento. Muy emocionante durante dos horas y media.

Hablemos primero del presentador. Jesús Vázquez sigue siendo yerno perfecto, el vecino al que haces un duplicado de las llaves de tu casa por si pasa algo. Es educado, vocaliza y no busca protagonismo ni el chiste fácil. Agradabilísimo con los artistas que pasaron por los distintos escenarios, conversó con algunos y a todos les dijo la ilusión que les hacía tenerlos delante y lo corta que se le había hecho la entrevista. “Me pasaría aquí horas”, le dijo a Raphael y a Ana Belén. Qué dos, por cierto. Qué suerte tenemos.

La gala comenzó con Manuel Carrasco, que introdujo en su actuación gestos a favor de la paz. Porque en el fondo se trataba de eso, de celebrar la música y de reivindicar que los derechos humanos son mucho más importantes que casi cualquier otra cosa. Lo dijo uno de los componentes del dúo La Plazuela, que aseguró sentirse orgulloso de la decisión adoptada por la televisión pública de no participar en Eurovisión este año si seguía Israel. Ana Belén cantando Solo le pido a Dios, que ya es en sí una declaración de intenciones.

Entre actuación y actuación, había bloques para celebrar también los 70 años de TVE. Los rostros que han pasado por la cadena, las cantautoras —esa Rocío Jurado con escote ombliguero y transparencias cantando ‘Soy de España’ en 1974—, grupos transgresores, ganadores de festivales y así para demostrar que cuando uno puede, hay que sacarlo a relucir. Historia de la música, sí, pero también de España.

Hubo momentos increíbles, como José Mercé cantando “jamás duró una flor dos primaveras”, una de las frases más rotundas que se han escrito nunca de Se nos rompió el amor, Mónica Naranjo siendo Mónica Naranjo, pura presencia. Chanel, Miker Erentxun y Cien gaviotas.

Y hubo la demostración de que en la música y en España cabe de todo, Guitarricadelafuente ―qué portento de persona—, Juanjo Bona versionando a Nino Bravo, Alba Morena haciendo lo propio con Mecano, Fangoria, Siloé, Abraham Mateo y Metrika. Qué brutal es Natalia Lacunza, qué presencia. Y cómo canta Vanesa Martín. Y qué jarana trae siempre consigo Camela.

Por ponerle un par de peros, quedó un poco extraña la reivindicación de la música haciendo playback en algunos de los casos. Y qué lástima que eso que llaman los artistas emergentes, a los que les sobra el adjetivo, no cantaran sus propios temas. Habríamos aprendido todos y se habrían lucido también ellos.

Y como no se trata de enumerarlos a todos, terminemos este artículo hablando de dos pellizcos. El que provocó Pablo López cantando esa maravilla de tema que es Un vestido y un amor de Fito Páez, que le hizo sudar de lo lindo y con la que terminó la gala. Para entonces, pasadas las doce y media de la noche, el corazón de la que escribe seguía encogido por lo que había pasado casi al principio. Ese señor de Martos llamado Raphael que, apoyado sobre un piano en el sentido literal y metafórico, se cantó e interpretó Qué sabe nadie. Tan hermoso como lo que sucedió anoche.

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