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Los Acampados Que Quedan En Sol Intentan Reorganizarse Para Resistir: Ahora Defenderán Los Derechos De Las Personas Sin Recursos

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El movimiento 26S, el que ha logrado congregar miles de personas acampadas en la Puerta del Sol desde hace más de un mes, vive sus horas más trascendentales. Hasta ahora, la organización de la acampada recayó en las llamadas comisiones que se erigieron como representantes y que asumían las responsabilidades logísticas para que la protesta pudiera perdurar en el tiempo de forma ordenada. Estas comisiones —que abogaban por un “final común”— empezaron a marcharse el viernes por la tarde ante la notificación del jueves de la Delegación de Gobierno que les instaba a retirarse “por seguridad”, dado que a partir de ese momento no tendrían protección. El anuncio oficial del cese de su actividad se produjo el sábado. Su posición era clara: la acampada debía disolverse. Esta postura se encontró con algunas voces discordantes que no estaban por la labor de abandonar la plaza y que serán quienes sostengan la protesta a partir de ahora. Entre estas personas, que afirman no pertenecer a ninguna organización con siglas concretas, ha surgido un intento de asociación —que está en sus inicios— para apoyar a las personas sin hogar que viven desde hace semanas en el campamento. De hecho, la defensa de los derechos de estas personas sin recursos será la gran bandera de los acampados que queden.

Este lunes, distintos representantes de esta corriente que apoya la resistencia en Sol han leído un manifiesto en el cual se enumeran todas sus proclamas, pero que no aclara si los acampados se van o se quedan. Antes de la rueda de prensa convocada para las 12 del mediodía, había anunciado un “pasacalles”. Un grupo de músicos con violines, trompetas y tubas trataba de amenizar la mañana y hacer algo de tiempo para que a los organizadores les diera tiempo de coordinar todo a pesar de las prisas y la improvisación. Entre canción y canción había quien se impacientaba y pedía que fueran directos al grano.

—Que se dejen de tanta musiquita. ¡Queremos el manifiesto!, ¡queremos el manifiesto! —decía un joven.

La expectación era altísima. La prensa —casi tan numerosa como los asistentes— ocupaba casi todo el espacio mientras Juanlu, portavoz de los acampados, pedía “comprensión” dado que ninguno de ellos está acostumbrado “a este tipo de presión”. Por un atril rudimentario empezaron a desfilar las cuatro voces que completarían la lectura del “Manifiesto de la Acampada 26S”. El primero de ellos, un señor llamado Roy, no estaba elegido al azar. Se trata de un hombre en silla de ruedas que hablaba en representación de las personas sin hogar de la acampada, que son desde hace un tiempo el grueso de la población acampada. El texto, repartido en fotocopias entre los presentes, se divide en tres puntos: ¿De dónde nacemos?, ¿qué queremos? y ¿cómo lo conseguiremos? Se trata de una reivindicación de todas las proclamas que han venido repitiendo desde el primer día, sobre todo en lo relacionado con la vivienda. También, una forma de ponerse en valor a ellos mismos: “Hemos creado una comunidad cuyas bases son el amor, los cuidados, el apoyo emocional y la esperanza de volver a una humanidad solidaria y colectiva”.

Todas las palabras pronunciadas estaban perfectamente medidas. Un mensaje claro en cuanto a las demandas sociales, pero ambiguo en lo que al devenir de la acampada se refiere. En algunas frases, sin embargo, se puede entrever un futuro lejos de la Puerta del Sol. “Tenemos la capacidad de alterar la realidad mediante la acción directa. Para ello, proponemos la Puerta del Sol como punto neurálgico y asambleario postacampada. La lucha no se quedará aquí, está expandiéndose por los barrios y demás territorios”, se dice en el manifiesto, que cerraba con un último párrafo que dejó desconcertado a más de uno: “Esta acampada, esta ciudad efímera compuesta por tiendas y lonas, la llevaremos siempre con nosotres. Nuestro espíritu está en Sol, la calle se hace al habitarla, y esta plaza será campo para cultivar nuestros anhelos”.

El final del manifiesto dejaba más preguntas que respuestas. En primer lugar, ¿quién lo firma? Juanlu fue claro al respecto:

—Lo firma el pueblo.

Por otro lado, el joven se apresuró a advertir a los periodistas que ni se iba a responder a ninguna pregunta que no tuviera relación con el manifiesto. “Mañana y pasado pasarán cosas que ya sabréis, pero hasta que no pasen no podemos comunicar nada. Tenéis que entender que nos estamos reorganizando. Lo que sí es seguro 100% es que hoy nos quedamos”, se limitó a comentar el portavoz.

“A partir de ahora es ilegal estar aquí”

Bajo las lonas azules que a vista de pájaro impiden ver el suelo de la Puerta del Sol, desde el pasado 26 de septiembre se ha ido constituyendo una ciudad en la que, como en toda urbe que se precie, no tardaron en aparecer los conflictos internos. El Sindicato de Inquilinas puso la semilla tras el desahucio de Maricarmen, aunque no tardó demasiado en desvincularse del movimiento. Ahí aparecieron las llamadas comisiones. Al igual que el movimiento 15M, el 26S proponía un modelo horizontal en el que todos tuvieran voz y voto. A efectos prácticos, este ideal es complejo de materializar. Las comisiones nacieron como una especie de ministerios que canalizaban las demandas y trataban de establecer un marco de responsabilidades comunes que ayudase a resolver los problemas. Las comisiones se sostenían a base de aquellos voluntarios que se mostraban más predispuestos y concienciados de que la supervivencia de la acampada era inviable sin una mínima organización. Entre todas las comisiones que se constituyeron, había una que era especial. “Pulmón”, la llamaron. Ese era el centro neurálgico, el kilómetro 0 del kilómetro 0. Allí se repartían los alimentos con los que muchos han subsistido todo este tiempo.

Anna A., de 30 años, ha sido una de las comisionistas que más tiempo ha pasado en Pulmón. La joven llegó a Sol desde Barcelona, “ella sola”, con una bolsa de comida para donar y pasar el día entre los acampados. La posibilidad del teletrabajo le hizo terminar quedándose hasta el viernes pasado, cuando abandonó el movimiento junto a otros coordinadores de las comisiones. “Estar aquí casi me cuesta el divorcio. Cuando me dijeron que cumplíamos un mes, no me lo podía creer. Yo pensaba que llevábamos dos. Se me ha hecho larguísimo. Aquí, o te implicas con todo tu ser o no aguantas”, cuenta. Anna confirma que el perfil del acampado fue cambiando a medida que se sucedían los acontecimientos. Una vez que se oficializó la huelga general del 11 de noviembre y que Pedro Sánchez convocó elecciones para el día 29, el ambiente fue mutando. Si al principio los acampados eran sobre todo universitarios y jóvenes españoles “politizados”, con el tiempo eso fue virando hacia un perfil de “personas sin hogar o migrantes sin recursos que no venían por cuestiones reivindicativas, sino por necesidad”.

Cuando la plaza quedó abarrotada, la comisión de urbanismo fue tajante en cuanto a la admisión de nuevas personas. “Si no estabas en una situación de exclusión social, era muy difícil que te dejaran quedarte. La prioridad era ayudar a los que más lo necesitaban”, cuenta Anna, que ha vuelto de visita este lunes por la acampada.

—¡Hola, Anna! ¿Cómo estás? ¿Por qué no vuelves?—pregunta una mujer marroquí que barre entre las mesas de comida.

—Lo siento, pero no. Ya es peligroso quedarse. Es ilegal. Yo no tengo 30.000 euros para la multa —responde Anna.

“La última notificación de la Delegación de Gobierno nos da a entender que a partir de ahora la ley no nos ampararía. Creemos que sería ilegal estar aquí y nos exponemos a un desalojo por la fuerza, algo que no queremos”, reconoce Anna. “Los coordinadores de las comisiones comenzamos en esto con un perfil político; sin embargo, el devenir de la acampada nos terminó convirtiendo en asistentes sociales, algo para lo que no estamos formados”, asume.

Una vez disueltas las comisiones, la idea es que cada barrio de la acampada —hay en torno a 10— se “autogestione”, pese a que muchos, como Anna, lo ven “inviable” dado los perfiles tan heterogéneos que hay pernoctando en Sol, entre los que se cuentan bastantes personas con problemas de salud mental. “Nos da pena que no haya habido un final común. Aquí se ha estudiado un plan para descampar Sol de forma gradual, ordenada y limpia, para que el territorio ocupado sea cada vez menor. Pero los que se han quedado no han querido atender a nada de esto”, lamenta la joven antes de hablar con Hassan, un joven marroquí sin papeles al que las comisiones han comprado un billete de avión para marcharse a Bruselas junto a un familiar. “No es seguro que siga aquí, ¿sabes? Un desalojo forzado puede implicar que acabe detenido y deportado a su país”, cuenta.

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