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Starmer Se Resiste A Dimitir Pese A Las Presiones De Decenas De Diputados Y Ministros

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Keir Starmer ha actuado más como el abogado y fiscal de éxito que fue durante gran parte de su vida que como el político que es desde hace una década. Cuando, de acuerdo con el esquema mental con que operan sus rivales de partido, la cascada de decenas de diputados pidiendo su dimisión debería haber forzado al primer ministro británico a tirar la toalla y abrir un proceso de primarias, ha decidido aferrarse a los hechos y a la norma para intentar sobrevivir.

Los ministros del Gobierno británico, convocados a primera hora de este martes en Downing Street, han encontrado ante ellos a un Starmer desafiante, dispuesto a dar la batalla frente a los diputados rebeldes que exigen su retirada. Lo que en otras circunstancias habría sido el encuentro habitual de todas las semanas, para deliberar políticas o discutir la coyuntura, parecía encaminado a convertirse esta vez en el punto final de la carrera política del primer ministro laborista. Ha acabado siendo un duelo al sol en el que nadie se decide a desenfundar.

Al menos dos miembros del Gabinete —la ministra del Interior, Shabana Mahmood, y la de Exteriores, Yvette Cooper— se habían reunido ya personalmente con Starmer horas antes para pedirle que se echara a un lado y preparara su retirada, después del desastre de las elecciones municipales de Inglaterra y las autonómicas de Escocia y Gales, celebradas el pasado 7 de mayo, en las que el laborismo sufrió una derrota histórica a manos de la ultraderecha de Nigel Farage y la izquierda de Los Verdes.

Sin embargo, el primer ministro ha sido claro y firme. No iba a dimitir, les ha dicho, porque nadie ha activado aún en el Partido Laborista el mecanismo para forzar unas primarias. Porque su Gobierno sigue en vigor. Porque tiene el mandato de las urnas de julio de 2024, cuando ganó las elecciones generales. Y porque la situación económica y geopolítica actual no merece, ha sugerido Starmer, esta inestabilidad.

“Las últimas 48 horas han sido muy desestabilizadoras para el Gobierno y han tenido un coste real para nuestro país y para las familias”, ha advertido Starmer a sus ministros. “El país espera que nos centremos en gobernar. Eso voy a hacer, y eso debemos hacer como Gabinete”, ha añadido, según explicó un portavoz de Downing Street.

Los mercados mostraban su nerviosismo, desde primera hora de la mañana, ante la inestabilidad política que generaría en el Reino Unido un cambio de Gobierno. La deuda pública a 30 años escaló hasta su tipo de interés más alto desde 1998: el 5,79%.

La estrategia de Starmer, igual de orquestada que la de sus rivales, se centra en llevar el miedo al cuerpo del contrario y retarle a saltar antes al precipicio. Al finalizar la reunión de ministros, el titular de Vivienda, Steve Reed, uno de sus más leales colaboradores, ha secundado el desafío del jefe de Gobierno en declaraciones a los medios concentrados a las puertas de Downing Street: “Esto no es un juego. La inestabilidad [política] tiene consecuencias en la vida de las personas. Los más perjudicados de todo esto serán los que nos votaron hace dos años. Debemos permanecer unidos tras el primer ministro”, ha afirmado.

Después de Reed, otros tres ministros —Pat MacFadden, de Pensiones; Peter Kyle, de Negocios; y Liz Kendall, de Ciencia— han respaldado también la continuidad de Starmer. De momento, han sido solo cuatro. El resto de ministros ha rehuido a la prensa al salir, pero ha quedado clara la división interna en el seno del Gobierno.

A media tarde, más de 100 diputados firmaban un manifiesto de respaldo a Starmer y a su continuidad, para contrarrestar a los más de 80 que habían pedido su dimisión.

Y finalmente, David Lammy, ministro de Justicia, viceprimer ministro y aliado clave de Starmer, comparecía ante los medios concentrados en la puerta de Downing Street para resumir la estrategia de resistencia: “Los únicos que se están beneficiando al ver cómo el Partido Laborista se mira el ombligo son Nigel Farage y la derecha populista”, ha dicho. “Starmer fue elegido para un mandato de cinco años. Pido a mis colegas que den un paso atrás, respiren hondo, y tengan en cuenta que, en las últimas horas, nadie ha querido dar el paso adelante y presentarse como candidato para liberar el partido. Los que sugieren al primer ministro que dimita, que digan quién debe sustituirle”, ha retado Lammy.

El primer golpe

La estrategia de presión de los rivales de Starmer se ha puesto en marcha a lo largo de este martes. A primera hora, mientras los ministros iban llegando a las puertas de Downing Street, se conoció la primera dimisión en el seno del Ejecutivo. Se trata de Miatta Fahnbulla, vicesecretaria de Estado para los Gobiernos Autónomos, la Fe y las Comunidades Locales. Es un cargo menor, pero simbólico. En primer lugar, porque Fahnbulla forma parte del ala izquierda del laborismo, la más crítica con Starmer. Pero sobre todo porque una dimisión interna en el Gobierno suele ser el pistoletazo de salida para que la crisis se desencadene.

“No hemos actuado con la visión, el ritmo y la ambición que nuestro mandato para el cambio exigía”, reprocha Fahnbulla a Starmer en su carta de dimisión.

El golpe más certero contra Stamer, sin embargo, ha llegado a primera hora de la tarde. Jess Phillips, la vicesecretaria de Estado para la Protección de Mujeres y Niñas, anunciaba su dimisión. Su puesto no es importante en la jerarquía gubernamental, pero la figura de Phillips es muy relevante en el partido, y arrastra un prestigio importante. “Quiero un Gobierno laborista que funcione, y que luche por tener éxito y popularidad. No veo el cambio que tanto el país como yo misma esperábamos. No puedo seguir en el Gobierno bajo el actual liderazgo”, ha escrito Phillips en una carta de dimisión en la que elogia al primer ministro, pero le reprocha su falta de empuje y de carisma.

Poco después ha presentado su dimisión un tercer cargo del Gobierno, también mujer. Se trata de Alex Davies-Jones, la secretaria de Estado para la Violencia contra Mujeres y Niñas. “Es tiempo de tomar medidas audaces y radicales. Sé que eres un hombre bueno y honesto”, escribía en su carta de renuncia a Starmer. “Pero te imploro a que, por el interés del país, fijes un calendario para tu retirada”, añadió.

Finalmente, un cuarto cargo, Zubir Ahmed, vicesecretario de Estado de Salud e Innvocación y diputado por Escocia, ha presentado también su renuncia.

Starmer intenta ganar tiempo

El primer ministro, después del mensaje de firmeza ante su Gabinete, se ha recluido en su oficina, y ha rehuido cualquier conversación con los ministros rebeldes. Sabe que este miércoles tiene lugar la solemne ceremonia del Discurso del Rey, en el Parlamento, en la que Carlos III leerá ante miembros de ambas cámaras el programa legislativo del Gobierno para el próximo periodo de sesiones. Nadie quiere reventar una ceremonia tan relevante, con la figura del monarca de por medio. Starmer utilizará el momento para airear sus nuevos proyectos, en un nuevo intento de convencer a los suyos de que va a acelerar el ritmo del cambio que le exigen.

El primer ministro anunció el lunes que tenía toda la intención de seguir al frente del Gobierno, y advirtió a sus compañeros de partido que pagarían un alto precio si se enredaban en las mismas guerras fratricidas que tuvieron los anteriores gobiernos, en ese caso conservadores. “Los votantes no nos lo perdonarían”, les dijo.

No sirvió de nada. Al final del día había un clamor concertado en gran parte del grupo parlamentario laborista que reclama el sacrificio público de Starmer, al que considera la razón principal del fuerte rechazo de los electores hacia el partido del Gobierno expresado en las urnas y en las puertas de los hogares que visitaban los candidatos.

En 2022, cuando Boris Johnson, el controvertido ex primer ministro conservador, sabía ya que sus diputados habían decidido enviarlo a la guillotina (políticamente hablando), dijo aquello de “cuando la manada se mueve, la manada se mueve”. La manada laborista se movió el lunes a velocidad de vértigo y, al final del día, más de 80 diputados habían pedido públicamente a Starmer que dimitiera ya o pusiera en marcha un calendario de retirada, para permitir unas primarias.

Si el primer ministro finalmente cede y presenta su dimisión a lo largo de este martes o en los próximos días, serán muchas las claves que él mismo y su partido deberán despejar. La mayoría de los diputados rebeldes han pedido una “transición ordenada”, que llevaría a la elección de un nuevo líder en el congreso del partido, previsto para septiembre. Pero una vez abierta la caja de Pandora de la rebelión, nadie sabe cómo puede acabar esta convulsión interna en el seno del laborismo, apenas dos años después de derrotar a los conservadores en unas elecciones en las que el electorado castigó a estos últimos por sus continuas guerras civiles.

Los que piden esa demora, que para muchos tiene poco de realista porque dejaría durante cuatro meses un Gobierno sin poder real, tienen una razón concreta: permitir que se abra el proceso necesario para que su candidato —el alcalde de Mánchester, Andy Burnham, representante de la izquierda moderada laborista— pueda presentarse a una elección parcial en alguna circunscripción fácil de conquistar, y logre así el escaño que necesita obligatoriamente para aspirar al liderazgo del partido.

Frente a él, el actual ministro de Sanidad, Wes Streeting, que encarna el ala derecha de la formación, quiere acelerar el proceso para frenar el paso a Burnham. Sus rivales ven la mano del ministro detrás de la maniobra acelerada del lunes. Streeting, no obstante, se reunirá este miércoles por la mañana con Starmer, antes de la ceremonia del Discurso del Rey. No están previstas declaraciones de ninguno, pero el encuentro sugiere que estén negociando una salida a la situación de impasse.

Las opciones que se barajaran para un escenario en el que el alcalde de Mánchester no pudiera presentarse serían Angela Rayner, ex viceprimera ministra, que salió del Gobierno por sus problemas con Hacienda, y el actual ministro para el Cambio Climático, Ed Milliband, que ya estuvo al frente de partido hace más de una década y acabó fracasando en su empeño.

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