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Fuego Para Prevenir Los Incendios: Funciona Y Es Rentable

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Durante siglos, los indígenas de lo que hoy es California provocaban incendios, rotando las zonas quemadas. Pero, desde comienzos del siglo pasado, las autoridades blancas prohibieron las quemas de los indios. De entonces, en particular con la creación del Servicio Forestal estadounidense en 1905 y el desastre del Great Fire de 1910, viene el paradigma de la extinción de los incendios. Un siglo después, California arde cada verano más que el anterior, a pesar de los más de mil millones de dólares que se dedican a extinguirlos. Ahora, Science publica un análisis de centenares de grandes siniestros forestales que muestra que allí donde se previno mediante quemas o clareo del bosque, se propagaron menos y menos intensamente. Además, calculan que, por cada dólar invertido, se evitaron casi cuatro en pérdidas. El fuego apaga el fuego.

“Estimamos que los tratamientos del combustible reducen la superficie total quemada por incendios forestales en aproximadamente un 36% en comparación con lo que habría ocurrido sin tratamiento”, cuenta Frederik Strabo, investigador de la Universidad de California Davis y primer autor del estudio en un correo. Eso son 152.000 acres, o 61.000 hectáreas. Por combustible, Strabo se refiere a la madera, hojarasca, broza y todo lo que pueda arder con facilidad. Por tratamientos, se centran en técnicas de clareo y quemas prescritas para reducir aquel combustible. En Europa, en especial los países mediterráneos, también es fundamental el pastoreo. Pero en el salvaje Oeste, como ilustran películas, series y novelas como las de Marcial Lafuente Estefanía, los ganaderos prácticamente extinguieron a los pastores de ovejas y cabras.

Apoyados en el análisis de 285 incendios producidos en la porción oeste de Estados Unidos, los investigadores pudieron ver cómo se comportaba cada fuego al encontrarse con una zona en la que se había reducido el combustible. Aunque el área con quemas controladas o clareo aún es poca, su amplia distribución geográfica (ver mapa) les ha servido para ver que la probabilidad de que un incendio siga avanzando tras toparse con una de ellas baja en un 13,5%. Además, la intensidad del mismo se reduce hasta en un 27%. También pudieron ver que, en los siniestros más severos (aquellos que acaban con 3/4 de la cubierta forestal), la reducción del daño subía hasta el 35% allí donde había habido medidas de prevención.

Como imaginaban, cuanto más grande es el área tratada y más reciente el tratamiento, mejor cortafuegos. Más revelador aún: unos tratamientos son mejores que otros. Aunque tanto las formas de clareo (tala selectiva, raleo, retirada mecánica de ramas y hojarasca…) como las quemas cuartean la continuidad del combustible, más aún si se combinan, los investigadores vieron que los fuegos preventivos combaten mejor los futuros incendios que la limpieza del bosque. “Muchos bosques del oeste de Estados Unidos son ecosistemas adaptados al fuego, por lo que las quemas controladas restauran de forma más fiel los procesos ecológicos naturales y reducen la cantidad de material combustible en superficie”, explica Strabo.

Más rentable quemar que extinguir

Otro de los puntos fuertes de esta investigación es que, por primera vez, se calcula la relación coste-beneficio de la reducción del combustible. El impacto económico de un incendio es múltiple: desde infraestructuras quemadas hasta impacto ecológico, pasando por las emisiones de CO₂ y las de partículas, que contaminan el aire, afectando a la salud humana. Gracias a las zonas tratadas, se evitó la destrucción de 4.090 construcciones en los grandes incendios de 2017 a 2023. También evitaron la emisión extra de 2,72 millones de toneladas de CO₂ y otras 25.757 toneladas de partículas.

Además de las 59 muertes que estiman se evitaron al retirar ese particulado tóxico, los autores del estudio monetizaron el conjunto de pérdidas evitadas. Así, no se perdieron 895 millones de dólares por daños a las infraestructuras y construcciones humanas, otros 503 millones por la menor emisión de gases de efecto invernadero y unos 1.390 millones ahorrados por el coste de la mortalidad prematura. En suma, calculan que por cada dólar dedicado a quemas y clareo, la sociedad recupera otros 3,73 dólares.

Para Matthew Reimer, primer autor de la investigación y también de la Universidad California Davis, la situación encaja bien en el problema de los bienes públicos: “A pesar de sus amplios beneficios para la sociedad, existen incentivos insuficientes para invertir en medidas de prevención sin pruebas claras y creíbles de sus beneficios”. Reimer reconoce que los esfuerzos de extinción “ofrecen resultados inmediatos y visibles, mientras que los beneficios de los tratamientos de combustible son tardíos, inciertos y difíciles de observar”. El resultado es que ni políticos ni población ven las ventajas de quemar el monte por muy controlado que sea.

“Las quemas prescritas en España son anecdóticas”, lamenta el catedrático de Ingeniería Forestal y Cambio Global en la Universidad de Lleida, Víctor Resco de Dios. “Tienen un fin formativo, para que los bomberos aprendan a usar el fuego técnico, al que se recurre durante la extinción de incendios”, añade. Sobre el retorno económico, da dos cifras: “Los bomberos de la Generalitat de Cataluña estiman que apagar un incendio cuesta 19.000 euros la hectárea. Mientras, gestionar quemas prescritas, estaríamos hablando de 200-300 euros la hectárea, si hacemos tratamientos a gran escala.”

Para el catedrático, que no ha participado en esta investigación, las quemas siempre serán mejores que el clareo, por muy bien que se haga. “La retirada del combustible nunca será completa y, por ejemplo, las cabras no se comen las hojas muertas, la hojarasca”. Sin embargo, sí apuesta por la combinación de “primero quemas, después mantenerlo con ganadería extensiva; esa es una forma de mantener el ecosistema sin que haya que estar siempre quemando”. Tan convencido está de su eficacia que plantea un escenario que asustaría a algunos: “Un sitio perfecto para gestionar con fuego prescrito serían los espacios protegidos, porque estamos recreando un proceso natural que habíamos extirpado”.

Emilio Chuvieco es, además de profesor de la Universidad de Alcalá, coordinador científico del proyecto europeo FirEUrisk. Como los autores del estudio y Resco de Dios, cree que hay que invertir más en prevención que en extinción. También cree que la clave está en la reducción del combustible. “Los tres medios clásicos serían con el pastoreo, la extracción mecánica y las quemas prescritas”. Aunque sean más eficaces y económicas, las quemas “se enfrentan a la opinión pública”. Además, son peligrosas allí donde se solapan bosque y urbanizaciones, como sucedió con los incendios de Los Ángeles del año pasado. “Ahí es mucha mejor solución volver a las cabras o el tratamiento mecánico”.

El problema, reconoce, es que en España “el abandono de la ganadería tradicional es un factor clave de la acumulación del combustible, junto al abandono de cultivos en zonas marginales”. Y la demografía de la España rural no facilita volver a esas prácticas, “pero sería muy deseable, quizá orientando por ahí parte de la inmigración”, sugiere. Sin embargo, está sucediendo lo contrario, con la inversión pública en prevención de incendios desplomándose a la mitad en 13 años.

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