Varias explosiones de gran magnitud han sacudido durante la madrugada de este sábado Bamako, la capital de Malí, y otras ciudades del interior del país debido a una serie de ataques coordinados por parte de grupos armados disidentes. El país, bajo el mando de una junta militar liderada por el general Assimi Goïta desde el último golpe de Estado en mayo de 2021, vive una guerra fragmentada en la que el Estado, insurgencias separatistas y grupos yihadistas compiten por el territorio y el poder político en un contexto de debilidad institucional.
El Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas ha confirmado los ataques a través de su canal de televisión. “Varios terroristas han sido neutralizados y sus equipos, destruidos. Las operaciones de rastreo continúan”, ha indicado un portavoz del ejército. “La situación está bajo control”.
Los principales actores armados que operan en Malí son grupos yihadistas como JNIM, vinculado a Al Qaeda, y el Estado Islámico del Gran Sáhara, que buscan imponer su interpretación del islam y expulsar al Estado y a las fuerzas extranjeras. También operan en el territorio los rebeldes tuareg, como el Frente de Liberación de Azawad, que reclaman mayor autonomía para el territorio donde están presentes, en el norte. Los ataques de este sábado se atribuyen al Frente de Liberación de Azawad y a JNIM, y han sido ejecutados con artillería pesada y fuego de armas automáticas.
Soldados del Ejército de Mali patrullan en moto por el centro de Bamako, este sábado. Carlos RosilloUn soldado maliense permanece en posición con su arma durante un ataque contra la principal base militar de Malí, Kati, a las afueras de la capital, Bamako, este sábado.Stringer (REUTERS)Ambiente en una calle de Bamako (Malí), este viernes.Carlos RosilloAmbiente en una calle de Bamako (Malí), este viernes.Carlos RosilloAmbiente en una calle de Bamako (Malí), este viernes.Carlos RosilloAmbiente en una calle de Bamako (Malí), este viernes.Carlos Rosillo
Alrededor de las cinco de la madrugada (las siete en la España peninsular) se han oído explosiones tanto en el aeropuerto internacional Modibo Keïta, en Bamako, como cerca de Kati, la principal base militar del país, en las afueras de la capital, pero ello no ha impedido que el estruendo haya llegado hasta los barrios más céntricos. “He notado un golpe enorme en los cristales de la habitación”, ha asegurado un cliente de un hotel situado en el barrio ACI 2000, donde se encuentran también numerosas embajadas. Otros clientes alojados en el establecimiento han coincidido. “Han retumbado los cristales y hasta las paredes; ha debido ser muy fuerte”, ha comentado una de ellas.
Más allá de estos incidentes, la situación en Bamako es de tranquilidad, con gente en la calle y los mercados abiertos. Seydou Camara, fotógrafo maliense que ha atravesado la ciudad por trabajo, cuenta que la situación en las calles es tranquila. “He salido y he pasado por el gran mercado: está abierto y lleno de gente. La vida continúa como si no hubiera pasado nada. La gente sigue con sus actividades habituales, no se percibe pánico”, asegura.
Camara, que dice sentirse muy tranquilo, no ha visto presencia militar, y el tráfico —se mueve en moto— es normal. “Es una situación poco habitual. No es frecuente que ocurra algo así en Bamako. Aun así, los malienses estamos acostumbrados a resistir; no entramos en pánico fácilmente”, afirma.
Ulf Laessing es director del programa del Sahel de la Fundación Konrad Adenauer y reside en la capital maliense. A su juicio, el objetivo de los ataques es maximizar el impacto en los medios de comunicación y avergonzar al Gobierno. “Con suerte, la mayoría de los problemas habrán terminado por la tarde”, ha explicado a este periódico. “Pero no hay forma de que tomen el control de Bamako; no habrá contraataque”, ha asegurado Laessing.
No obstante, Laessing considera que esta ha sido una escalada importante, ya que es la primera vez desde 2012 que hay una verdadera coordinación entre el JNIM y los rebeldes tuareg. “No tienen nada en común, salvo el mismo enemigo”, recuerda. Aunque los objetivos de ambos grupos son distintos —ideológicos en el caso del JNIM y territoriales en el de los tuareg—, no es la primera vez que coinciden tácticamente frente al Estado maliense.
Cuatro ataques coordinados
La información contrastada hasta ahora apunta a al menos cuatro focos: los ya mencionados en Kati y en el aeropuerto, que ha sido cerrado y está bajo custodia de fuerzas mercenarias rusas. En Kati, además, ha sido alcanzada una vivienda que pertenece al ministro de Defensa, Sadio Camara, pero él se encuentra bien, según las primeras informaciones. Debido a la situación, el ejército está controlando todos los accesos a la capital.
En tercer lugar, se han registrado ataques en el aeropuerto de Mopti, en el norte, que sigue bajo fuego intenso. Fuentes conocedoras de la situación han confirmado a EL PAÍS que la operación sigue en marcha.
Por último, Kidal también está siendo atacada, aunque se desconocen detalles por ahora. Kidal es una ciudad en permanente disputa entre el ejército maliense y separatistas tuareg, y aunque ha estado bajo el control de la junta de Goïta, actualmente su dominio no está plenamente consolidado. “Lo de Kidal es humillante para ellos; fue un gran éxito conquistarla en 2023 y necesitan recuperarla”, apunta Laessing.
Mohamed Elmaouloud Ramadane, portavoz del Frente de Liberación del Azawad, ha afirmado en las redes sociales que sus fuerzas han tomado el control de varias posiciones en Kidal y Gao, pero esta información hasta ahora no ha podido ser confirmada por ninguna fuente independiente.
Por su parte, el JNIM no ha reivindicado estas acciones, aunque con frecuencia los ataques a las instalaciones militares malienses vienen de parte de este grupo. La Embajada de Estados Unidos en Malí ha emitido un comunicado pidiendo a sus ciudadanos que eviten los desplazamientos por ahora.
Malí atraviesa una crisis de seguridad desde 2012, cuando los grupos tuareg del norte se rebelaron y las organizaciones yihadistas vinculadas a Al Qaeda, como JNIM, aprovecharon para expandirse por el territorio. La caída de Muamar el Gadafi en Libia en 2011 agravó la inestabilidad regional y propició la expansión de estos grupos, y desde entonces el conflicto se ha extendido hacia el resto del país.
El conflicto también ha adquirido una dimensión internacional en los últimos años marcada por la reconfiguración de alianzas por parte del Gobierno de Goïta. La retirada de tropas de Francia tras casi una década de presencia militar en el Sahel ha dejado paso a una mayor cooperación de la junta maliense con Rusia, incluido el despliegue de contratistas vinculados al Grupo Wagner primero y desde septiembre de 2025, a Africa Corps, vinculado al Ministerio de Defensa ruso. Malí también colabora cada vez más estrechamente con Burkina Faso y Níger, ambos países gobernados también por juntas militares, y prevén la creación de una fuerza armada conjunta para luchar contra el yihadismo en el Sahel. Sin embargo, este cambio de alianzas de momento no ha logrado frenar la expansión de los grupos armados.
La Unión Africana (UA) ha condenado “enérgicamente” los ataques en un comunicado firmado por el presidente de la Comisión de este organismo, Mahmoud Ali Youssouf. Este afirma que la UA “sigue con profunda preocupación los ataques” y ha abundado en el compromiso de esta institución con “la promoción de la paz, la seguridad, la buena gobernanza y la estabilidad en Malí“.
El portavoz del ejército ha hecho un llamamiento a la población a mantener la calma y a “hacer uso del sentido común” a tenor de los vídeos no verificados que están circulando en redes sociales y que muestran imágenes de gran brutalidad en las que se distinguen varios cuerpos sin vida de supuestos terroristas. “No reenvíen ningún vídeo o mensaje de propaganda que busque alimentar la inquietud general. En este contexto, es imperativo acudir exclusivamente a fuentes oficiales para obtener información fiable”, ha advertido.
the king’s personal wealth is often cited in reports about the deal. Photo credit: Wikipedia CC
Africa’s gold sector is set for a major expansion after Morocco’s King Mohammed VI, widely regarded as the continent’s wealthiest monarch, backed a $750 million investment to increase production across several countries. The plan, led through mining company Managem Group, is expected to raise gold output by 134 per cent over the coming years.
Managem, which is owned by the Moroccan royal investment fund Al Mada, reported that gold production stood at around 213,000 ounces in 2025. The company now aims to reach approximately 500,000 ounces annually by 2030. This increase reflects both the expansion of existing mines and the development of new sites.
Expansion across multiple mining sites
The company’s strategy focuses on improving output at several key locations while continuing exploration work in areas with untapped reserves. Some projects are already in operation, while others remain in earlier stages of development.
In Sudan, Managem operates the Gabgaba gold mine, which has been one of its primary sources of production. The company has also expanded into the Democratic Republic of Congo, where it is developing the Pumpi project. Additional activity in West Africa includes operations in Senegal and Guinea, both of which have established mining sectors.
Gabon, which is not traditionally known as a major gold producer, is also included in the company’s plans. The expansion there reflects a broader effort to identify new areas for extraction as demand for gold remains steady.
Production targets and timelines
The 134 per cent increase in output is expected to take place gradually, with most of the growth occurring before the end of the decade. Managem has indicated that the expansion will involve both increasing efficiency at current sites and bringing new projects into production.
Gold remains a valuable export across many African economies, and higher output could contribute to government revenues in the countries involved. However, the extent of this impact will depend on factors such as global gold prices, operating costs and political stability in each location.
Role of royal investment
King Mohammed VI’s involvement comes through Al Mada, one of Africa’s largest private investment funds. The group has interests in a range of industries, including banking, telecommunications and energy, but mining remains a significant part of its portfolio.
Managem has been active across Africa for several decades, building partnerships with governments and local operators. The current investment represents one of its largest commitments to gold production in recent years.
While the king’s personal wealth is often cited in reports about the deal, the investment itself is being carried out through corporate structures rather than as a direct personal purchase.
Economic and regional implications
The expansion is likely to create jobs in mining regions, particularly during the construction and development phases of new projects. Local supply chains, including transport and equipment services, may also benefit from increased activity.
At the same time, mining projects of this scale often face challenges. Infrastructure, regulatory requirements and security concerns can affect timelines, especially in countries experiencing political instability. Sudan and parts of the Democratic Republic of Congo, for example, have both faced ongoing conflicts that could complicate operations.
Environmental considerations will also play a role. Gold mining can have significant impacts on land and water resources, and companies are expected to meet national regulations and international standards when developing new sites.
Outlook for the sector
The planned increase in production highlights the continued importance of gold mining in Africa. The continent holds some of the world’s largest untapped reserves, and companies are seeking to expand operations as demand remains consistent.
Managem’s target of 500,000 ounces per year would place it among the larger gold producers operating in Africa. Whether that goal is achieved will depend on the successful development of projects across all five countries, as well as stable operating conditions.
For now, the $750 million investment signals a clear intention to scale up production and strengthen the company’s position in the sector, with the backing of one of Africa’s most prominent investors.