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Meloni Quiere Cambiar El Sistema Electoral Ante El Temor De Perder O Empatar Los Próximos Comicios De 2027

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En Italia hay un hábito político sorprendente, visto desde España, que es cambiar periódicamente el sistema electoral, según los intereses de quien gobierna, para intentar que le favorezca en las siguientes elecciones. Tras el primer sistema de la posguerra, se empezó a cambiar en 1993 y desde entonces ha habido cinco. Giorgia Meloni, que teme perder los próximos comicios, no ha sido menos y este viernes ha llevado a la Cámara de Diputados una ley para un nuevo sistema electoral que marcará cómo se votará en las generales previstas para octubre de 2027. Es solo el inicio de un trámite parlamentario donde aún hay mucho que discutir y que, si todo va bien, culminaría en septiembre.

Luego las elecciones se podrían adelantan y ya se habla de abril. Antes no, porque es entonces cuando se cumplen cuatro años y medio y un día de legislatura, límite a partir del cual los diputados tienen derecho a la pensión vitalicia, y estallaría una rebelión interna en las cámaras en caso de que se disolvieran antes. Esta es la auténtica ideología transversal de la política italiana. Pero lo cierto es que Italia ya está en precampaña, pues el Gobierno de Meloni languidece sin haber hecho grandes reformas en su mandato, y acelerar con la ley electoral es la confirmación definitiva.

Meloni y su alianza de partidos de derecha y ultraderecha ganaron las anteriores elecciones en 2022 ―en Italia la legislatura dura cinco años― porque la izquierda acudió dividida a las urnas y el sistema electoral premiaba a las coaliciones. Esto ha hecho posible el Gobierno más longevo y estable de la república italiana (batirá el récord en septiembre), pero esta vez el centro-izquierda ha aprendido la lección, está fraguando ya una coalición y Meloni sabe que el milagro no se repetirá.

Los sondeos están muy ajustados, pero más que perder, que también, la primera ministra teme un empate. Abriría la puerta a las clásicas negociaciones italianas para buscar candidatos de consenso, donde salen de la chistera nombres de técnicos que no han sido elegidos en las urnas. De hecho, hay ya un inconfesable partido del empate, aquellas fuerzas de centro que ven sus mayores posibilidades de influencia y beneficios en el juego de pactos que se desata en esa situación. Quieren volver a lo de la toda la vida.

Para Meloni, además, hay un factor muy desequilibrante que le inquieta: la irrupción del nuevo partido de extrema derecha del exgeneral Roberto Vanacci, Futuro Nacional. Acusa a Meloni y la Liga de Matteo Salvini de haberse ablandado con el poder y defraudado las expectativas más ultras. Aún no se sabe, y él mantiene el suspense, si Vanacci entrará o no en la coalición de derecha, porque los sondeos ya le dan incluso por encima de la Liga, con un 7%, y si concurre por libre perder ese porcentaje es letal para la coalición de Meloni. Para él también hay un guiño en la nueva ley: los partidos que no tengan ya grupo parlamentario, como el de Vanacci, deben recoger más de 100.000 firmas para poder presentarse.

Otra tradición es bautizar al sistema de voto con un latinajo, tipo Astérix y Obélix. Los anteriores fueron Mattarellum, Porcellum ―llamado así porque su autor confesó sin rodeos que era una porcata (guarrada) pensada para impedir gobernar a la oposición―, Italicum y Rosatellum. En este caso, para el Ejecutivo esta ley se llama Stabilicum, porque según su punto de vista asegura la estabilidad del Gobierno que salga de las urnas. Para la oposición, en cambio, es el Mellonelum, nombre que denota un pastiche que solo interesa a la primera ministra. Por terminar de complicarlo, numerosos juristas de derecho constitucional han advertido que el texto vulnera algunos puntos de la Constitución y podría ser objeto de recursos. Aunque no se resolverían hasta mucho después de que se hubiera votado, cosa que ya ha ocurrido y aunque la ley se declare ilegal ya no se puede hacer nada.

Se llame como se llame, el nuevo sistema es proporcional, pero con un premio de escaños que regala una mayoría cómoda (un bonus de 70 diputados y 35 senadores) a la coalición que supere el 42% de los votos en ambas cámaras. Hay dos cuestiones clave. Una es que hasta ahora un tercio de los escaños se elegía en colegios electorales por sistema mayoritario (era elegido el candidato que ganaba), algo que favorecería a la izquierda, y ahora será todo proporcional, con varios escaños en juego en cada colegio.

La elección del presidente de la República, en el horizonte

El otro punto problemático es el paquete de escaños de regalo. El ganador goza de una mayoría que le coloca en posición de ventaja para la elección del presidente de la República, que requiere una mayoría de dos tercios y, a partir de la cuarta votación, solo absoluta. Es la gran batalla que está en el horizonte en 2029, transcurridos los siete años de mandato de Sergio Mattarella, pues el jefe de Estado en Italia tiene algunos poderes decisivos y margen de influencia, como nombrar ministros, disolver las cámaras y convocar elecciones.

La oposición teme que sea una maniobra de Meloni para imponer un nuevo jefe de Estado afín a su ideología. El Gobierno ha accedido a poner un límite a la mayoría que se obtiene de regalo, un máximo de 220 escaños en la Cámara de diputados (un 55%) y 113 en el Senado (56,5%), pero a estas cifras hay que sumar otros de territorios de estatuto especial y del voto del extranjero, 16 y 11 en cada cámara, con lo que el vencedor de los comicios llega al 57% y al 59.5% respectivamente. Aunque es cierto que si ganara la izquierda sería este bando el beneficiado. Por eso, aunque critica la reforma en público como un desmán autoritario de Meloni, en privado sabe que si gana le va a venir bien.

Otro punto de discusión, y esto es otra zancadilla de Meloni a la oposición, es que cada coalición debe decidir antes de votar quién es su candidato a primer ministro. Para el centro-izquierda es un golpe bajo, porque precisamente es su mayor problema: el Partido Democrático (PD) de Elly Schlein y el Movimiento Cinco Estrellas (M5S) de Giuseppe Conte, las dos grandes fuerzas de la coalición, no se ponen de acuerdo en quién sería el candidato. La opción más cómoda era esperar al resultado de los comicios y que fuera el líder del partido más votado, pero la nueva ley les obligaría a moverse antes con unas primarias o una designación negociada, donde pueden surgir nuevos nombres, un trámite que asegura tensiones y dolores de cabeza.

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