En los últimos diez meses no hubo consenso entre académicos, politólogos y observadores sobre si en Venezuela había comenzado un proceso de transición. Una de las voces más cautelosas era la de la historiadora Margarita López Maya. Sin embargo, tras el retorno de María Corina Machado al país, la académica matiza sus dudas: “Estamos más cerca [de una transición] porque llegó el liderazgo político que puede articular a las fuerzas opositoras y conducirlas a una posible democratización”, afirma.
“¡Mira cómo traigo las manos!“, dice Humberto Cuevas mientras ve cómo la tinta blanca de un plumón le dejó sucias las palmas. A unos metros ve cómo su hijo, José Humberto, aguarda a que pase Checo Pérez rumbo al garaje. Trae lista una gorra y otro plumón menos defectuoso. ”Cada año es más difícil tener un autógrafo de un piloto, en un principio era muy fácil, había menos gente, menos VIPs. Los pilotos se estresan más con tanta gente esperando su salida”, dice. Cada que una de las estrellas de la Fórmula 1 pasa por el pasillo más exclusivo del Gran Premio de México se arremolinan decenas de aficionados para un recuerdo, un momento que sirva como trofeo de que lograron asistir a uno de los eventos más exclusivos de la F1. Un pedazo de historia para decir que estuvieron ahí.
Sylvia Caíña Figueroa está a punto de hacer un cuento y el resto la escucha, atentas. La primera llamada que recibió cuando se mudó a Miami fue de parte de una prima. “Me han dicho que eres demócrata”, le dijo. “Ese fue el recibimiento. Como si hubiera traicionado nuestra tradición”. El resto de las mujeres que la oyen mueven de lado a lado la cabeza, o asienten, como si el relato no les resultara ajeno. Luego Sylvia rememora otras escenas: “Mucha gente acá me decía: ‘¿Tú eres cubana? Ah, entonces tú eres republicana’. Y eso mismo nos hizo a todas rechazar ese título, que todos los cubanos del sur de Florida pensábamos igual”.
Sylvia, una antigua traductora, bibliotecaria y editora de 79 años, teje a crochet, dice, “para sacarse a Trump de la cabeza”. El resto se ríe de sus ocurrencias, pero Elena Muñoz, una antigua contadora y amante de la ópera de 84 años, dice que sus tejidos son increíbles. La tercera en la videollamada es Delia de Varona García, una exmaestra de 85 años que disfruta viajar y ahora escribe sus memorias, y la cuarta es Carolina Camp, de 80 años, quien trabajó manejando equipos de venta y quien, antes de que se le haga la pregunta, se apresura a decir: “Me involucré en la campaña contra Trump porque me pareció que era imposible no hacer nada por evitar dejar a nuestros hijos y nietos el desastre de lo que se está convirtiendo este país”.
Además de disfrutar de la tranquilidad del retiro, de las canas que dejan ver con elegancia o de las horas que dedican a la lectura, hay una historia común que une a estas mujeres desde hace años y hasta hoy: casi todas salieron de Cuba y llegaron a Estados Unidos en la década del sesenta, siendo apenas unas niñas.
Algunas como parte de la operación Pedro Pan, impulsadas por el miedo de sus padres a que un gobierno comunista les arrebatara la patria potestad; alguna otra en un barco que salió hacia España pensando que iban a poder regresar en dos semanas, cuando sacaran a Fidel Castro del poder con la invasión de Bahía de Cochinos. Crecieron en Estados Unidos, se hicieron profesionales, pasaron tiempo en Puerto Rico, Connecticut o Nueva York, y finalmente recalaron en Miami, la ciudad donde la gente, dicen, no habla solo español, sino cubano, un acento que resuena en las farmacias Navarro, los bakeries de pasteles de guayaba o los negocios de envíos de comida a toda Cuba.
Si un día estas mujeres se encontraron fue porque buscaban compañía en el destierro al que puede condenar la política. Para 2016, el país se estaba jugando su futuro entre Donald Trump y Hillary Clinton. El entonces candidato republicano a presidente, un hombre de negocios sin experiencia política, ya se burlaba de los migrantes o hablaba de las mujeres sin pudor, pero gran parte de la comunidad cubanoamericana quería darle su voto.
De lo preocupante que les resultaba todo aquello nació el grupo de WhatsApp llamado “Las Trumpetillas”, donde muchas mujeres, sobre todo cubanas, pasaban horas desahogándose en críticas contra quien luego llegaría como presidente a la Casa Blanca. El malestar que les causaba Trump les disparó la necesidad de crear algo en serio, políticamente hablando. Un grupo de ellas se juntó y en 2023 formalizaron la organización no partidista Cuban American Women Supporting Democracy (Mujeres cubanoamericanas en apoyo a la democracia).
Una vez, Elena Muñoz asistió a una conferencia en la librería Books & Books, de Coral Gables, preocupada por la retirada de miles de libros con contenido de género de las bibliotecas de escuelas públicas, tras una orden del gobernador republicano del Estado, Ron DeSantis. Allí oyó a alguien con acento cubano.
“Le dije: ‘Oye, ¿tú eres cubana, qué haces aquí?”, cuenta. Tenía la misma idea prejuiciada que tienen muchos: “Que todos los cubanos eran trumpistas”, dice. Entonces supo que había un grupo de mujeres, la mayoría demócratas como ella, que se habían unido en el Cuban American Women Supporting Democracy, que hoy reúne a unas 300 mujeres de entre 60 y 85 años que buscan trabajar por fortalecer la democracia en el país donde viven y donde vivirán sus descendientes.
Delia se emociona “profundamente” con el himno de Cuba casi en la misma medida en que lo hace con el de Estados Unidos; Carolina y Elena pasan del español al inglés con facilidad; a Sylvia le sigue gustando el café con leche con mucha azúcar como lo hacía la abuela en Cuba. Pero hace demasiado tiempo que este también es su país, en el que hicieron familia y por eso, dicen, hoy están particularmente preocupadas.
Camp sale al paso: “El objetivo de este grupo es la democracia de Estados Unidos”, asegura. “La perdimos en Cuba y no queremos que se pierda acá, que después de todo es donde viven nuestros hijos y nuestros nietos”.
Algo que siempre admiró Sylvia del país que la acogió fue el respeto a los derechos y los mecanismos para llegar a la justicia. Hoy, sin embargo, podría enumerar una lista de hechos que han puesto en peligro la democracia: “Esta Administración está atacando a las instituciones democráticas. Estamos viendo un Congreso que no fiscaliza al poder ejecutivo, que se deshumaniza al diferente, al homosexual, al que habla un idioma diferente, al que tiene la piel más oscura”.
Restan apenas tres días para las elecciones de medio término y todas ellas estarán en los centros de votación, sobre todo del Distrito 27 de Florida, donde vive la mayoría y donde se libra una gran batalla para el escaño a la Cámara de Representantes de parte de la republicana María Elvira Salazar y del demócrata Elliot Rodríguez.
En un mundo de hombres acaparando la política, ellas buscan su espacio. Aunque no son una organización partidista, en su individualidad la mayoría sabe que en la marea roja de Florida, ellas son un destello azul. Al grupo también se han sumado mujeres desencantadas con el Partido Republicano actual, y muchas independientes.
En las últimas jornadas han repartido unas 10.000 postales a votantes con información para verificar su registro, y estarán telefoneando a los vecinos para que no se olviden de salir a las urnas. “Para que estemos seguros de que todo el mundo tiene el chance de votar”, dice Elena.
“Un Estados Unidos sin Trump”
En un Estado cuyo gobierno ha comulgado con la política de deportaciones de Donald Trump, ellas protestaron a las afueras del centro de detención de Alligator Alcatraz, o se paran cada miércoles a supervisar los arrestos del ICE en sus oficinas de Miramar. En un territorio que ha censurado la literatura escolar, ellas reclaman el derecho de las minorías. En un sitio cuyos políticos defienden la tenencia de armas e impulsan leyes para reducir las restricciones, ellas abogan por una “legislación sensata”. En un lugar que mantiene algunas de las más severas leyes contra el aborto en el país, ellas abogan por la decisión de las mujeres sobre sus cuerpos.
A la pregunta de si no es algo arriesgado de su parte, responden con seguridad. “Miedo a nada”, dice Elena. “Ya no tenemos nada que perder”.
No pocas veces les han gritado “comunistas” o las han ofendido en alguna marcha o protesta; insultos de parte de una comunidad a la que cualquier atisbo demócrata le devuelve el fantasma del comunismo. A Delia más de una vez le han cerrado la puerta en la cara cuando, a modo personal, recorre la Pequeña Habana bajo el calor y el sol insoportable de Miami, tratando de entender las preocupaciones de los votantes. La mayoría por esa zona son republicanos, que le dieron casi el 70% de los votos a Trump en 2024 y que, según la última encuesta de la Florida International University (FIU), piensan votar en su mayoría por el candidato republicano que se postula en su distrito congresional.
Hace poco, Delia llegó junto a Elena a la casa de un votante republicano. “Dijo que el Partido Republicano lo estaba haciendo muy bien. A veces no te dejan ni explicarles nada”, dice Delia. También ha visto que muchos cubanos “no tienen idea de quiénes hicieron qué leyes” y repiten: “Son comunistas, son comunistas. Y no saben ni lo que están hablando”.
Aun así, han visto que las preocupaciones de esta gente son las mismas que las de la mayoría en un país donde todo está más caro que antes: desde la gasolina que pagan por recorrer las autopistas de Miami hasta los alimentos que compran en Sedano’s o Presidente.
En los últimos tiempos, Sylvia ha podido ver, además, que la ofensiva antiinmigrante de la Administración republicana ha afectado de manera particular a la familia cubana de Miami.
“El que no tiene un vecino, tiene un amigo o un familiar detenido por el ICE, y eso ha tocado a la gente en Florida”, dice. Pero Elena la interrumpe: “¿Cómo te puedes creer todo lo que ese hombre habla? ¿De verdad pensabas que iban a expulsar a los criminales y no a tu familia? Yo no entiendo cómo hay gente que todavía lo admira y lo apoya”.
De todo este tiempo observando, hablando con la gente y tomándole el peso a la política local, estas mujeres también han visto cómo el Partido Demócrata ha hecho tan poco en un lugar que han dado por perdido. “El Partido Demócrata aquí está débil, no tiene un buen liderazgo”, dice Delia. Carolina cree que les falta mucho dinero por invertir. Y Sylvia piensa que “no van a gastar dinero” allí porque dan por sentado que se trata de un estado rojo.
A algunas la política les ha costado el vínculo con la familia; a otras, algunos les han dado la espalda. El costo de ser un grupo particular en un Estado mayormente conservador ha sido grande, pero creen que valió la pena. A lo que aspiran, dice Elena, es a que “la democracia sea de verdad”. A Carolina incluso le gustaría ver que podrían superar la democracia que hasta ahora conocían. Piensan que le quede vida para presenciar varias cosas: “Un Estados Unidos sin Trump”, dice Sylvia. Y que Florida sea el sitio donde sus hijos y nietos puedan vivir tranquilamente.