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Augusto Delkáder

Augusto Delkáder, La Mirada Del águila

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Invocando lo que pueda quedar del consenso que alumbró la mejor España, procedería declarar un alto el fuego en las trincheras mediáticas para despedir con honores a Augusto Delkáder, fallecido este viernes en Madrid. Su extensa y brillante carrera en EL PAÍS y la SER, promoviendo el buen periodismo —y por ello, entregado al servicio de la sociedad española—, lo convierten en uno de los periodistas más influyentes del último medio siglo.

Para alcanzar la excelencia en los medios de comunicación hay tres requisitos insoslayables: la consistencia del proyecto, la capacidad de liderazgo del que manda y la calidad de los equipos. La feliz concurrencia de estos tres factores alumbró el éxito del diario EL PAÍS, desde 1976, año de su nacimiento, y lo mismo cabe decir de la SER desde que, tras algún aviso pasajero, en 1994 retomó un liderazgo incontestable del que Augusto Delkáder es el actor principal.

Es sobradamente conocido que la entente Polanco-Cebrián explica casi todo lo que EL PAÍS fue y lo que Prisa (grupo editor de este periódico) emprendió a partir del éxito inicial del diario. Si digo casi todo es porque también hay que incluir a Augusto Delkáder en la gran partida que se jugó en aquella redacción, hasta situar a EL PAÍS entre los grandes diarios de calidad del mundo.

La variante Polanco-Delkáder, por su parte, explica casi todo lo que la SER y el conglomerado de emisoras de Unión Radio llegaron a significar dentro y fuera de España. En este casi todo hay que hacerle sitio a un puñado de excelentes gestores y grandes profesionales que acompañaron a Delkáder en su aventura radiofónica.

Hasta su cesión a la radio, en 1987, ejerció durante 11 años como jefe plenipotenciario de una redacción joven y aguerrida, con los galones de mucho rango que le otorgó Cebrián y que nunca le vinieron grandes, pese a los 26 años recién cumplidos que tenía cuando juró bandera ante los principios fundacionales de EL PAÍS, que después injertó con acierto en la redacción de la SER. A saber: la independencia como bandera, la defensa de la democracia pluralista, el rechazo a las presiones de cualquier procedencia (políticas, económicas, religiosas o ideológicas) y el compromiso con una información veraz. Para un lince como Augusto —“es uno de los tipos más listos que se mueven por la geografía española y por la profesión periodística”, dijo de él Jesús de Polanco— tener los equipos afinados no era cuestión de galones. Sabía cómo respiraba la organización y respiraba con ella.

Cualquiera que fuera su puesto hasta alcanzar la cima del organigrama, nunca dejó de ser el periodista asentado en la pecera del fondo de la redacción, desde donde, con mirada de águila, permanecía atento al fragor de la pradera, detectando dónde estaban el talento, el empuje y las ganas de pisar el área; dónde el escaqueo; cuáles eran las inquietudes de cada miembro del equipo, sus cuitas personales o familiares… Por eso su despacho era la caldera en que se cocían las primicias, pero también el diván del psiquiatra, que en ocasiones se trasladaba a la barra de un bar para leer en el fondo de un gin-tonic los posos de la jornada y de la vida.

Su estilo de juego oscilaba entre Del Bosque y el Cholo, entre la pausa y la intensidad, entre jugar al espacio y el aliento en la nuca, entre la bronca desde la banda y el abrazo. Consciente de que mandaba a una tropa tan joven como osada —y eso le pasó tanto en EL PAÍS como en la SER— teatralizaba a veces sus cabreos para evitar que aquello se convirtiera “en la cubierta de un barco pirata” que, en su opinión, es la deriva a la que son proclives las redacciones mal mandadas. Aunque su sentencia preferida fuera la que se reservaba para los momentos en que se tensaba la pelea con los miembros del equipo o con la cúpula de la casa: “Me encontraréis muerto y será de razón”. Se hizo costumbre que Augusto no se muriera, porque casi siempre llevaba razón y se salía con la suya.

Su olfato periodístico era de los que hacen época, así como su pasión por las noticias complicadas, asumiendo que al periodismo no se viene precisamente a hacer amigos. Sabía que con las grandes noticias sucede lo que describe William Boyd en el arranque de su novela Como nieve al sol: “¿Qué crees que ocurriría si disparara a un elefante en los cojones”, preguntó el coronel Roosevelt a su hijo Kermit. “Creo, papá, que le haría muchísimo daño”, contestó el hijo. Si la pieza periodística era buena, es decir, si respondía a hechos relevantes y comprobados, Delkáder disparaba a la entrepierna del paquidermo sin vacilar, asumiendo la carga que vendría después, con frecuencia, en manada. Semejante actitud otorga mucha autoridad en las redacciones, y también da muchos disgustos. Recordemos lo que fue la noticia de las cintas de Benegas, dando cuenta de los desencuentros en el Gobierno de Felipe González.

Con ocasión de su marcha a la SER, en septiembre de 1987, Juan Luis Cebrián, siempre comedido en los elogios, lo definió como su más cercano y brillante colaborador, y como figura irrepetible para aquella redacción: “La agudeza de su juicio y su honestidad son de los que hacen época… En la historia del periodismo español sería difícil encontrar periodista a la vez tan lúcido y tan poco deseoso de protagonismo personal”, escribió Cebrián. Habían pasado once años desde el nacimiento de EL PAÍS, Delkáder tenía solo 37 y le aguardaba la aventura definitiva en un medio que desconocía, pero que llevaría a lo más alto.

La llegada a la SER, la “radio de los grandes profesionales”

La SER a la que llegó aún lideraba, pero no atravesaba ciertamente los mejores tiempos: tenía enfrente una competencia muy armada, dominada por la llamada radio de las estrellas, de enorme éxito. Estaba embarcada ya en la remodelación de las viejas estructuras y a Augusto le esperaba el ensamblaje de dos culturas fuertes: la periodística, que había colocado a EL PAÍS entre las cabeceras de calidad de todo el mundo, y la radiofónica de la SER, requerida de talentos específicos y estilos narrativos propios. ¿Choque de trenes o cohete a la luna? Estaba por ver.

Con Iñaki Gabilondo a la cabeza de la alineación se fue articulando la armada invencible de la SER: José Ramón De la Morena, Carlos Llamas, Paco González, Javier Sardá, Gemma Nierga y tantos otros que se fueron sumando: La radio de los grandes profesionales frente a Radio de las estrellas. El ensamblaje tomó su tiempo, pero de allí salió un acorazado, con los Servicios Informativos asentados en el corazón de la radio y convertidos en el motor de la programación.

Aquella SER resultó imbatible en su determinación de ir “un paso por delante” de la actualidad, con un cóctel que mereció el respaldo mayoritario de los oyentes: “Información contrastada y opiniones solventes”. Era tal la potencia informativa que adquirió la radio, que Delkáder se adornaba diciendo que disponía del mejor servicio de información de España, después del de la Guardia Civil. En suma, y eso resultaba muy exigente, la SER operaba con la conciencia de haberse convertido en la radio institucional de España, pese ser un medio privado.

Para empaparse de la cultura de la radio, Delkáder había recorrido todas las emisoras propias y asociadas que conforman la SER desde sus orígenes: Granada, Vigo, La Coruña, León, Zamora, Elche… En ese periplo descubrió la fortaleza que un total de 67 empresas, entre asociadas y afiliadas, podían aportar a una empresa de estilo tan vertical como Prisa. Polanco siempre fue muy exigente con los directivos de la radio en el respeto a esa fórmula.

Aunque el pacto definitivo se establecería entre la radio y sus oyentes, o para ser más exactos, entre la radio y los ciudadanos, porque la SER que impulsó Delkáder se dirigía a una sociedad plural, no a una clientela, como hoy se estila en muchos medios. Era una radio a concejo abierto, sin feligresía.

La sociedad abrazó la propuesta —“Si pasa algo, está la SER”— y llevó a la cadena de Prisa desde unas audiencias muy disputadas con la Cope en 1994 al liderazgo sostenido de la radio y al récord absoluto —todavía vigente— establecido en 5.702.000 oyentes diarios en la primera ola del EGM de 2004; líder en todos los programas y las 24 horas del día. Líder en la radio musical, con Los40 como punta de lanza de una oferta variada, exitosa y cambiante. En cuanto a los resultados económicos el salto fue todavía mayor: de salvar por los pelos los números rojos en los ejercicios iniciales bajo control de Prisa, la radio llegó a superar los cien millones de euros de beneficio en el ejercicio de 2006. Todavía hoy, con el sector mediático en crisis profunda, la SER sigue siendo uno de los medios de comunicación más rentable de España, incluso lo fue en el año de la pandemia.

Un echado para delante

Esos resultados no eran solo dinero para los accionistas: como director general o consejero delegado de la compañía, Delkáder tenía claro que la rentabilidad es una condición necesaria, aunque no suficiente, para defender la independencia de la SER y la de sus profesionales. La solvencia económica pone los cimientos de la independencia: pero además hay que tener voluntad y determinación para pelearla. Y en eso, por decirlo en una expresión popular, era un echado para delante.

Tras una carrera de cincuenta años, Augusto Delkáder Teig —presumía tanto de su apellido moro como de su apellido catalán—, se reivindica por sus logros como uno de los periodistas más brillantes del último medio siglo, mucho más por los hechos, que por los relevantes cargos que desempeñó o por los reconocimientos que le llegaron, que no fueron ni de lejos los que se merecía, tal vez porque no dedicaba tiempo a cabildear en esos fogones donde se cuecen los honores.

Lo dio todo por el periódico y por la radio mientras estuvo al frente o vinculado a ellos. Permanecía como presidente de honor de la SER, pero se desligó de la marcha de la compañía en la primavera de 2021, y ya todo su tiempo fue para su mujer, Alicia; sus hijos, Jaime y Leonor; y sus nietos Sira, Julia, Lucía, Santiago, Tomás y Fernando. Y también para regalarse estancias más frecuentes en Zahara de los Atunes, donde las turbulencias políticas y periodísticas le llegaban muy amortiguadas. Cádiz le ayudó a sobreponerse a los reveses de la vida, pero su salud se debilitó irreversiblemente al poco de dejar de pisar el edificio de Gran Vía, sede de la radio y de Prisa, donde transcurrió el mayor tiempo de su larga carrera profesional, su vida misma.

Pero como el toro de raza, aunque herido, tenía peligro. Comiendo con él en un restaurante madrileño se acercó a saludar con ánimo de agradar un hombre de Pedro Sánchez, hoy ya carbonizado. Augusto mantuvo la compostura, agazapado en su silla, con la mirada de águila clavada en su interlocutor y la garra presta, de modo que, a punto de finalizar el intercambio de cortesías, llegó el zarpazo: “Saluda a tu jefe de mi parte, y dile que consiguió echarme de Prisa, lo que no logró Aznar pese al mucho empeño que puso”. Como repetía con frecuencia, “moro no olvida”.

Y llegó la hora. Con viento de poniente o de levante, tanto da, que para eso uno es de Cádiz; África a un lado, Zahara al otro; vestido como un pincel, con el terno blanco —entre Gran Gatsby y potentado habanero— que estrenó la noche en que salió EL PAÍS y que solo se ponía en las grandes ocasiones, lo veo despegar rumbo a alta mar y fundirse en la luz del otoño, abrazado a su hija Alicia, que le precedió en el viaje definitivo, camino del Olimpo donde le aguardan —tal vez por alegrías, quizás por tanguillos— Paco de Lucía, Caballero Bonald, Rocío Jurado, Chano Lobato, y otros tantos genios, hijos predilectos de Cádiz, como él. Hoy los pitidos de la radio doblan por Augusto Delkáder.

Buen viaje, amigo; ha sido un privilegio.

Daniel Gavela ha sido periodista de EL PAÍS y director general de la Cadena SER

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